FTIA adhiere al paro y ratifica la lucha en defensa de los derechos laborales
La FTIA anunció su adhesión al paro nacional de la CGT en rechazo a la reforma laboral, reafirmó su compromiso con los derechos laborales y llamó a unidad gremial.


El paro nacional convocado por la CGT no fue una reacción aislada. Forma parte de una estrategia sindical de largo plazo que combina presión parlamentaria, movilización y judicialización para frenar una reforma laboral que el Gobierno impulsa con respaldo político y control de recursos para disciplinar a las provincias.


El tratamiento de la reforma laboral en el Senado convoca a una gran manifestación de trabajadores de Alimentación junto a la CGT, las CTA y otras centrales obreras frente al Congreso. El Gobierno introdujo 28 modificaciones para avanzar en la media sanción, pero persisten profundas resistencias gremiales al proyecto.
El proyecto de reforma laboral que impulsa el Gobierno de Javier Milei llegó al Senado el miércoles 11 de febrero, marcando el inicio formal de su tratamiento en la Cámara alta. La iniciativa forma parte de la agenda de liberalización del mercado laboral que el oficialismo viene promoviendo con argumentos de “modernización” y flexibilidad para estimular el empleo formal en un mercado con altos costos sindicales y judiciales. Entre los ejes de debate figuran límites a las demandas por despidos indebidos, restricciones a la huelga en sectores esenciales y ajustes en la negociación colectiva que podrían priorizar acuerdos por empresa sobre convenios de rama o actividad nacional.

Desde el gobierno se sostiene que estas reformas son necesarias para reducir la litigiosidad laboral y los costos asociados a la contratación registrada, con el objetivo de dinamizar el empleo privado formal en un contexto de economía débil y elevadas tasas de informalidad. Sin embargo, el texto original fue modificado en 28 puntos para intentar construir consensos en la Cámara alta, lo que refleja las dificultades internas que enfrenta la coalición oficialista.
La convocatoria sindical responde al inicio del debate legislativo. Frente al Congreso Nacional en Buenos Aires se concentra una manifestación que incorpora trabajadores del sector Alimentación junto a las principales centrales obreras, como la Confederación General del Trabajo (CGT) y las dos vertientes de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA).
Aunque la CGT no llamó a una huelga general ese día, distintos gremios ya anunciaron cese de actividades en transporte aéreo, naval, subterráneo y otros servicios esenciales, además de la adhesión de sindicatos estatales y de sectores estratégicos industriales. La marcha cuenta también con el apoyo de organizaciones políticas de izquierda y representantes opositores que denuncian la reforma como una regresión de derechos laborales.

La participación de trabajadores de Alimentación tiene un componente específico: el sector advierte que la flexibilización de normas y la reconfiguración de negociaciones colectivas podría erosionar conquistas históricas en salarios, condiciones de trabajo y estabilidad en el empleo para la industria de alimentos, que depende de acuerdos sectoriales amplios más que negociaciones individuales por empresa.
El proyecto cuenta con el respaldo de sectores empresariales que ven en las reformas un alivio para los altos costos laborales que, según ellos, desalientan la contratación formal y fomentan el empleo en la informalidad. Algunos analistas liberales sostienen que reducir la rigidez en los mercados de trabajo puede atraer inversión y mejorar la competitividad de las pequeñas y medianas empresas.
La Unión Industrial Argentina (UIA) — la principal cámara empresarial de la industria — ha manifestado que una modernización del marco laboral es condición para generar empleo formal y dar previsibilidad a las empresas.
Sectores empresariales también han expresado apoyo a aspectos de la reforma que buscan flexibilizar cargas y facilitar contratación. También algunas facciones de las pymes señalaron que la modernización laboral puede favorecer al sector.
Las principales organizaciones gremiales sostienen que la reforma atentaría contra derechos conquistados como la negociación colectiva, la estabilidad en el empleo y el derecho de huelga. La CGT y las CTA advierten que ciertas medidas “dan más poder a las empresas que a los trabajadores” y podrían debilitar la fuerza colectiva de los sindicatos si se priorizan acuerdos individuales por empresa.
La oposición política —liderada por bloques del peronismo y agrupaciones de izquierda— se alineó con los sindicatos en cuestionar aspectos del proyecto, denunciando que los cambios favorecen “precarización laboral” y erosionan condiciones socioeconómicas clave para la clase trabajadora.
El sector empresario, especialmente el mayorista, criticó con dureza una modificación de último momento al artículo 128 del proyecto de reforma laboral. La crítica se centra en que el cambio elimina el carácter voluntario de los aportes a cámaras empresarias y los vuelve obligatorios, lo que según esas entidades implica un sistema de recaudación sin controles públicos ni transparencia.
Organizaciones como la Cámara Argentina de Distribuidores y Autoservicios Mayoristas (CADAM) advirtieron que estos aportes se cobran automáticamente y que aumentan con cada mejora salarial pactada en paritarias, pero no hay trazabilidad clara sobre cómo se usan esos fondos.
El conflicto de intereses surge porque las propias cámaras empresariales, como la Cámara Argentina de Comercio (CAC) y la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME), participan en las negociaciones paritarias y a su vez administran esos recursos a través del Instituto Argentino de Capacitación Profesional y Tecnológica para el Comercio (INACAP).
Originalmente, la reforma establecía que los aportes serían voluntarios desde 2028, pero la modificación mantiene su obligatoriedad, lo que generó rechazo incluso de sectores que antes apoyaban el proyecto.
Para conseguir el tratamiento en el Senado, el Gobierno introdujo cerca de 28 modificaciones al texto original, apuntando a moderar puntos de mayor rechazo y acercar posiciones con una parte de la oposición moderada. Esto incluye ajustes técnicos sobre las condiciones de ejecución de ciertas reglas y aclaraciones sobre el alcance de los cambios en la negociación colectiva. Aun así, persisten diferencias profundas con la CGT y otras organizaciones sindicales que denuncian que las modificaciones no abordan las principales preocupaciones sobre derechos laborales.
El sector alimentario, junto con otros principales sectores industriales, observa con atención el desarrollo del debate. La reconfiguración de la negociación colectiva por ramas podría fragmentar acuerdos de industria y generar pautas salariales dispersas que dificulten la estabilidad de las macroconvenciones salariales sectoriales, históricamente claves para la actividad. Este escenario agita el debate sobre la necesidad de mantener mecanismos de protección colectiva frente a la competencia intersectorial y la presión por ajustar costos.
El inicio del tratamiento de la reforma laboral constituye un momento clave para la política laboral argentina de 2026. Más allá de las modificaciones introducidas y la manifestación del 11 de febrero, la batalla política y sindical refleja una encrucijada en torno al modelo de relaciones laborales: por un lado, la propuesta gubernamental de flexibilización para impulsar formalización y competitividad; por otro, la defensa de derechos y la centralidad de la negociación colectiva como piedra angular del entramado de protección a los trabajadores.
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La crisis industrial vuelve a golpear al empleo. En sus plantas de Avellaneda y Monte Chingolo, Newsan redujo casi la mitad de su plantel. El ajuste empresarial, impulsado por importaciones más baratas, expone los límites del modelo económico del Gobierno.
La empresa Newsan decidió no renovar los contratos de 45 trabajadores y suspender a otros 70 en sus plantas ubicadas en Monte Chingolo y Avellaneda, en el sur del conurbano bonaerense. La medida impacta sobre casi la mitad del personal que se desempeña en ambos establecimientos.
Según trascendió, los trabajadores suspendidos perciben el 85% de su salario y no cuentan con una fecha cierta de reincorporación. La situación genera un fuerte clima de incertidumbre entre las familias afectadas, que ven deteriorarse sus ingresos en un contexto de inflación acumulada y pérdida del poder adquisitivo.
La compañía argumentó que la decisión responde a la fluctuación de la demanda y al nuevo escenario comercial, marcado por la apertura de importaciones y la presión sobre los costos de producción local.
Las plantas afectadas producen heladeras, lavarropas, pequeños electrodomésticos y motos, principalmente bajo la histórica marca Siam. Sin embargo, la mayor disponibilidad de productos importados a menor costo está desplazando progresivamente a la producción nacional.
Desde el sector industrial advierten que la liberalización comercial sin políticas de protección ni estímulo a la industria local genera un escenario de competencia desigual. Las empresas se ven empujadas a reducir personal o directamente abandonar líneas productivas para reemplazarlas por bienes importados.

En este marco, la estrategia de “abaratar costos” termina trasladándose al eslabón más débil: los trabajadores. La reducción del empleo aparece así como una consecuencia directa del modelo de apertura impulsado por el Gobierno.
El recorte en Newsan no es un hecho aislado. Se suma a una larga lista de suspensiones, despidos y cierres de plantas en distintos puntos del conurbano, una región históricamente vinculada a la actividad industrial y al empleo fabril.
En Avellaneda y Lanús, donde se ubican las plantas, la industria representa una fuente central de trabajo directo e indirecto. Cada puesto perdido impacta no sólo en una familia, sino en comercios, servicios y economías barriales.
Organizaciones sindicales y sociales advierten que estas decisiones profundizan la vulnerabilidad social, en un contexto donde los programas de asistencia se reducen y el mercado laboral formal se achica.
Desde los gremios del sector electrónico e industrial manifestaron su preocupación por el avance de las suspensiones y despidos. Señalan que la falta de una política industrial activa deja a las empresas libradas a las reglas del mercado internacional.
Reclaman medidas concretas para sostener la producción local, proteger el empleo y fomentar la inversión. Entre ellas, destacan la necesidad de financiamiento accesible, regulación de importaciones y estímulos al consumo interno.
Para el movimiento obrero, el caso Newsan refleja un proceso más amplio de desindustrialización, que pone en riesgo décadas de desarrollo productivo y organización laboral.
La situación en las plantas bonaerenses vuelve a poner en discusión el rumbo económico del Gobierno de Javier Milei. La apuesta exclusiva al ajuste fiscal, la apertura comercial y la reducción del Estado impacta de lleno en el entramado productivo.
Mientras se prioriza el equilibrio macroeconómico, crece el desempleo, se debilita el mercado interno y se deterioran las condiciones laborales. La falta de una estrategia de desarrollo integral profundiza las desigualdades territoriales y sociales.
En este escenario, los despidos y suspensiones en Newsan aparecen como una nueva señal de alerta: el costo del experimento económico vuelve a recaer, una vez más, sobre los trabajadores y trabajadoras.
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El 5 de febrero de 2026 Argentina y Estados Unidos firmaron un Tratado de Comercio e Inversiones Recíprocos que promete “fortalecer la cooperación estratégica”, facilitar inversiones y reducir barreras arancelarias. Sin embargo, más allá de las declaraciones diplomáticas, el contenido del acuerdo coloca a la Argentina en una posición de subordinación frente a la Casa Blanca. Buenos Aires se comprometió a abrir su economía sin excepciones claras para sectores sensibles, adoptar estándares regulatorios norteamericanos, reconocer medidas de propiedad intelectual y eliminar barreras a productos y servicios estadounidenses. A cambio, Estados Unidos aceptó reducir aranceles a productos argentinos, pero el equilibrio de beneficios dista de ser equitativo y plantea riesgos para industrias locales, la soberanía alimentaria, la industria nacional y la autonomía política frente a decisiones económicas externas. Este pacto se inserta en un contexto donde el gobierno libertario de Javier Milei ha impulsado una agenda de financiamiento externo, flexibilización económica y ampliación de presencia militar y logística estadounidense en territorio nacional. El impacto sobre la agricultura, la industria de alimentos, el sector tecnológico y las dinámicas geopolíticas del hemisferio exige un análisis crítico que vaya más allá de la retórica oficial.
El tratado bilateral firmado el 5 de febrero obliga a Argentina a una serie de compromisos de alcance profundo en su marco regulatorio y comercial. El texto oficial y las declaraciones gubernamentales destacan una reducción significativa de barreras arancelarias y no arancelarias, la simplificación de normas aduaneras y la facilitación de inversiones extranjeras. En concreto, Buenos Aires aceptó: permitir el acceso de productos agrícolas y manufacturas estadounidenses en condiciones preferenciales; reconocer estándares de seguridad y calidad de EE. UU. para bienes industriales y alimentarios; eliminar derechos de aduana sobre transmisiones de datos y abstenerse de imponer impuestos digitales; además de comprometerse a reforzar la protección de la propiedad intelectual alineándola con normas internacionales exigidas por Washington, lo que implica cambios en el régimen de patentes y certificaciones regulatorias.

Esos compromisos no son meramente comerciales: impactan directamente en la capacidad regulatoria de Argentina para definir sus propias políticas industriales, sanitarias y tecnológicas. A nivel normativo, aceptar estándares externos implica ceder autonomía sobre etiquetado de alimentos, seguridad sanitaria animal y vegetal, normas de fabricación y certificaciones técnicas que históricamente se diseñan a partir de prioridades internas.
Paralelamente, Argentina habilitó la eliminación de aranceles sobre más de 200 categorías de productos estadounidenses, incluyendo químicos, maquinaria, dispositivos médicos y bienes agrícolas, con cuotas específicas para vehículos, carne y lácteos. Washington, por su parte, eliminará aranceles recíprocos para 1 675 productos argentinos. Sin embargo, sectores como el acero o el aluminio mantienen barreras proteccionistas, lo que revela que el “equilibrio” de compromisos favorece ajustes dirigidos por intereses norteamericanos.
Estados Unidos se comprometió a eliminar la mayoría de los aranceles sobre productos argentinos exportados a su mercado y ampliar cuotas para ciertos alimentos, con el objetivo declarado de impulsar el comercio bilateral y expandir el acceso de bienes argentinos a un mercado de alto consumo. El Gobierno norteamericano también se ofreció a respaldar inversiones a través de instituciones como el Export-Import Bank (EXIM) y la U.S. International Development Finance Corporation (DFC).

Además, Washington y Buenos Aires acordaron trabajar en cooperación para el sector de minerales críticos, facilitando la extracción y exportación de litio, cobre y otros recursos estratégicos que forman parte de la transición energética global. Este componente es clave: EE. UU. promoverá inversiones y acceso preferente a estos recursos, que son centrales para baterías, chips y tecnologías de energía limpia. Para el Gobierno argentino, esto se presenta como una oportunidad de crecimiento; para críticos, representa una entrega de recursos estratégicos sin garantías de desarrollo industrial local.
No menos relevante es el compromiso de cooperación en seguridad económica, que incluye controles de exportación de bienes de doble uso y protección de infraestructuras de telecomunicaciones. Estas áreas, tradicionalmente sensibles y bajo jurisdicción plena del Estado argentino, quedan sujetas a estándares y prioridades establecidas en conjunto con la administración norteamericana.
El acuerdo impacta profundamente el sector agroindustrial argentino. La apertura de mercado para productos estadounidenses —especialmente carne, lácteos y granos procesados— compite directamente con productores locales. La liberalización arancelaria sobre bienes estadounidenses podría inundar el mercado con productos con menores costos de producción, presionando a los productores domésticos y reduciendo márgenes, especialmente en el segmento de alimentos procesados, carnes y lácteos.
Además, aceptar estándares y protocolos sanitarios externos genera presiones sobre las normativas de inocuidad alimentaria, que podrían alinearse más con exigencias del USDA que con prioridades de políticas públicas argentinas, afectando la soberanía alimentaria.
La eliminación de barreras para maquinaria, dispositivos y bienes de capital facilita la importación de bienes estadounidenses, pero amenaza a industrias manufactureras locales que compiten en esos segmentos. Sectores como la metalurgia, autopartes y equipos médicos podrían ver reducida su cuota de mercado ante la entrada de productos con ventaja competitiva derivada de economías de escala estadounidenses.
Si bien la expansión de inversiones en minerales críticos puede generar dinamismo económico y empleo, la priorización de empresas estadounidenses en estos proyectos plantea interrogantes sobre control sobre recursos naturales y el valor agregado local de esos sectores.
El contexto político de este acuerdo no puede disociarse de la afinidad ideológica entre los ejecutivos de Argentina y Estados Unidos. El Gobierno libertario de Javier Milei ha promovido una agenda de financiamiento externo, liberalización económica y alineamiento con Washington, que va más allá de meras relaciones comerciales. Esto se expresa en instrumentos como el swap de moneda de US$ 20 000 millones otorgado por EE. UU., que contribuyó a estabilizar parcialmente la economía argentina.
Paralelamente, decisiones como la autorización al ingreso de tropas estadounidenses a bases navales argentinas —desde Ushuaia hasta Mar del Plata— han generado críticas sobre la entrega de soberanía y violaciones potenciales de la Constitución nacional, que exige intervención legislativa para ingresos de fuerzas extranjeras.
El rol de actores económicos es central: grandes grupos empresariales y financieros estadounidenses se ven posicionados como beneficiarios directos del acuerdo, mientras que sectores productivos argentinos y organizaciones sindicales han criticado el proceso por falta de participación pública y análisis de impacto, calificándolo como una cesión de poder regulatorio y económico sin contrapartidas claras que favorezcan el desarrollo autónomo.
El nuevo tratado bilateral con Estados Unidos representa una reconfiguración profunda de las relaciones económicas y políticas de Argentina. Aunque promete beneficios como mayor acceso a mercados y atracción de inversiones, la estructura de compromisos coloca a Buenos Aires en una posición de dependencia y subordinación frente a prioridades económicas definidas en Washington. El equilibrio entre apertura comercial y protección de sectores estratégicos, junto con el resguardo de la soberanía normativa y alimentaria, son puntos de tensión que requieren debate público y análisis legislativo profundo. El impacto en la industria alimentaria, la manufactura y los recursos naturales plantea desafíos que van más allá de simples promesas de crecimiento, exigiendo un escrutinio crítico que evalúe no solo los números comerciales, sino las implicancias políticas y soberanas de una agenda de alineamiento sin precedentes.
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El conflicto en Granja Tres Arroyos no es un hecho aislado: salarios fraccionados, aguinaldos impagos y protestas obreras revelan una crisis profunda en la industria alimentaria. En un contexto de ajuste, cierres y despidos, la avanzada reforma laboral amenaza con legalizar la precarización.
La disputa laboral en Granja Tres Arroyos, una de las principales avícolas del país, refleja con crudeza la situación de crisis que atraviesan miles de trabajadores y trabajadoras del sector alimentario bajo el actual modelo económico. En la planta ubicada en Pilar, más de 300 operarios mantienen medidas de fuerza ante deudas salariales, pagos de aguinaldo fraccionados y falta de respuesta empresarial, en medio de un contexto más amplio de contracción industrial y pérdida de empleo en Argentina.
Desde la semana pasada, empleados de la planta paralizaron actividades en reclamo por el pago de salarios y de parte del aguinaldo de diciembre, cuya cancelación fue propuesta por la empresa en cuatro cuotas, extendiéndose hasta mayo de 2026, una oferta que los trabajadores califican como una “burla” que agrava aún más sus condiciones de vida.

Trabajadores relatan que recibieron apenas una fracción del aguinaldo —alrededor de 100 mil pesos de un aguinaldo de casi 1,5 millón adeudado— lo que los obliga a buscar ingresos informales para cubrir necesidades básicas. A esta situación se suman demoras en aportes jubilatorios, pagos de mutuales y reducciones salariales impuestas unilateralmente por la empresa, a pesar de que la producción y salida de productos continúa sin una contracción real en la faena.
El conflicto no es un episodio aislado: se extiende desde finales de 2024, cuando la empresa presentó un procedimiento preventivo de crisis ante el Ministerio de Trabajo, alegando problemas financieros. Ese mecanismo permitió fraccionar pagos y reducir costos laborales, pero terminó profundizando la precarización y generando incertidumbre sobre el futuro de los empleos en la firma, con cientos de operarios despedidos o salidos por retiros voluntarios en los últimos meses.
El choque en Granja Tres Arroyos se inserta en un panorama más amplio de dificultades estructurales en la industria alimentaria y manufacturera argentina. Sectores clave de alimentos y consumo masivo registran cierres, suspensiones y despidos, fruto de la caída del consumo interno, apertura indiscriminada de importaciones y políticas económicas que, según sindicatos, privilegiaron la desregulación sin garantizar estabilidad productiva ni laboral.
Organizaciones gremiales del sector alimentario vienen alarmando sobre un panorama de despidos y suspensiones en múltiples plantas, donde las empresas enfrentan tensiones entre mantener la producción y sostener sus estructuras de empleo formal, en un contexto donde los salarios reales siguen en caída y la demanda no se recupera.
Mientras los conflictos como el de Granja Tres Arroyos estallan en las plantas, el Gobierno nacional, encabezado por Javier Milei, impulsa un proyecto de reforma laboral que ha generado una fuerte oposición sindical y social por considerarlo un riesgo para los derechos laborales. El texto, que se debatirá en el Congreso en febrero de 2026, propone modificaciones que flexibilizan condiciones de empleo, reducen cargas laborales y podrían abrir la puerta al pago de salarios en bienes o servicios (“salario en especie”), bancos de horas, y nuevos mecanismos de indemnización.
Críticos de la reforma advierten que, lejos de enfrentar la caída del salario real y la pérdida de empleo registrado, estas medidas institucionalizan la precarización, trasladando riesgos y cargas desde el capital hacia los trabajadores y desdibujando protecciones laborales conquistadas históricamente. Sectores sindicales alertan que la iniciativa puede erosionar aún más la estabilidad de las condiciones de trabajo en momentos en que ya se observa una destrucción neta de empleo registrado y elevados niveles de informalidad laboral.
La coexistencia de conflictos como el de Granja Tres Arroyos, la caída del consumo y el tejido productivo, y un proyecto de reforma que apunta a “modernizar” el mercado de trabajo sin robustecer derechos ni estabilidad, plantea un desafío profundo para el futuro del trabajo y la industrialización en Argentina. En este contexto, las voces de los trabajadores reclaman no solo el cumplimiento de sus salarios y condiciones dignas, sino una reconsideración de políticas económicas que, en la práctica, están agravando la precariedad y la crisis en sectores estratégicos como el alimentario.
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