La alimenticia proyecta un nuevo centro de distribución, una planta de vinagre y molinos de trigo en General Rodríguez. El plan podría sumar hasta 500 puestos de trabajo adicionales y profundiza un modelo basado en producción propia, escala e integración vertical en momentos en que las ventas de consumo masivo todavía muestran debilidad.
Marolio avanza con un proyecto de expansión industrial en General Rodríguez que combina producción, logística e integración de materias primas. El plan contempla un nuevo centro de distribución, la finalización de una planta de vinagre y la incorporación de molinos de trigo, en el mismo distrito bonaerense donde la compañía ya produce pastas secas y pan rallado.
La inversión adquiere relevancia por el momento en que se produce. El consumo masivo continúa mostrando dificultades para recuperar los niveles del año anterior y buena parte de la industria opera todavía con márgenes importantes de capacidad disponible.
En mayo, las ventas de supermercados medidas a precios constantes estuvieron 0,7% por debajo de igual mes de 2025 y acumularon una caída de 2,8% en los primeros cinco meses del año, según el INDEC. La mejora desestacionalizada del 0,9% frente a abril mostró cierta recuperación mensual, pero todavía no alcanza para hablar de un cambio consolidado en el consumo.
La decisión de Marolio aparece entonces menos ligada a una expansión general de la demanda que a una estrategia propia de costos, escala y control de la cadena productiva.
Producir más insumos para depender menos de terceros
La compañía ya cuenta en General Rodríguez con líneas para la fabricación de pastas secas y pan rallado. Según información institucional de Marolio, esa planta tiene una capacidad superior a 85 millones de kilos de pasta por año. También posee producción industrial en Mendoza y en la Ciudad de Buenos Aires.
La nueva etapa busca avanzar un paso más en la integración vertical.

La planta de vinagre prevista para General Rodríguez tendrá una capacidad informada de entre tres y cuatro millones de litros mensuales, mientras que los molinos permitirán producir harina destinada a las propias líneas de pastas, galletitas y otros derivados del trigo.
La lógica económica es clara: producir internamente una mayor proporción de los insumos permite reducir intermediaciones, controlar abastecimiento y calidad y disminuir parte de los costos logísticos.
Ese modelo es particularmente importante en negocios de consumo masivo, donde los márgenes unitarios suelen ser reducidos y la competitividad depende en gran medida del volumen.
Por qué Marolio puede crecer cuando el mercado no crece
El caso muestra que una empresa puede ampliar capacidad aun cuando la economía sectorial no atraviesa una expansión generalizada.
La industria manufacturera registró en junio una recuperación interanual del 2%, mientras que alimentos y bebidas crecieron 6,2% respecto de junio del año anterior. Sin embargo, en el acumulado del primer semestre, alimentos y bebidas mostraron una variación prácticamente nula frente a 2025. Es decir, el buen dato de junio todavía convive con un primer semestre estancado en términos de producción sectorial.
Esa diferencia es importante.
Marolio no parece estar invirtiendo porque espere simplemente vender más de lo mismo. Está modificando la forma en que produce.
Su estrategia combina escala, producción propia, logística y presencia directa en los canales comerciales.
La relación histórica entre Marolio y Maxiconsumo ayuda a comprender el modelo. La marca nació y ganó volumen dentro del negocio mayorista del grupo, pero luego fue separada comercialmente para vender también a supermercados, distribuidores y comercios que compiten con Maxiconsumo. Juan Fera explicó que esa separación permitió transformar a Marolio en una marca nacional independiente del canal mayorista que le dio origen.
Ese recorrido generó una ventaja poco habitual: conocimiento directo de la distribución y del comportamiento del comercio, acompañado por una creciente capacidad propia de fabricación.
Integración vertical para competir por precio
Marolio compite en una franja especialmente sensible al precio.
En ese mercado, producir trigo procesado, pastas, vinagres y otros productos dentro del mismo grupo puede representar una ventaja frente a compañías que compran una proporción mayor de sus insumos a proveedores externos.

La empresa declara actualmente una oferta superior a 900 productos, entre conservas, legumbres, pastas, pan rallado, galletitas, vinagres, aceite y arroz, entre otras categorías.
A mayor volumen, además, los costos fijos industriales pueden distribuirse sobre una cantidad mayor de unidades producidas.
La estrategia tiene sentido especialmente cuando el consumidor restringe compras y busca precio. En lugar de apoyarse exclusivamente en mayores márgenes, una empresa integrada puede intentar ganar participación mediante costos menores, disponibilidad de producto y escala.
No significa que esté aislada del deterioro del consumo. Significa que intenta competir mejor dentro de un mercado que crece poco.
Hasta 700 puestos de trabajo entre las distintas etapas
La dimensión laboral es otro componente central del proyecto.
Cuando Marolio anunció la ampliación, informó que las tareas iniciales habían generado unos 200 puestos de trabajo y estimó otros 500 empleos cuando el complejo alcanzara pleno funcionamiento. La cifra total proyectada llega así a unos 700 puestos entre las diferentes etapas.
Los perfiles previstos incluyen operarios, técnicos, personal administrativo y trabajadores vinculados con logística y transporte.
En un contexto de actividad industrial irregular, la creación de empleo formal asociado a nuevas capacidades productivas tiene un efecto que excede a la propia empresa. Una planta industrial demanda transporte, mantenimiento, servicios, proveedores, capacitación y actividades auxiliares.
General Rodríguez ya cuenta con una base importante de actividad alimenticia. En la zona también funcionan establecimientos cuyos trabajadores son representados por el Sindicato de Trabajadores de Industrias de la Alimentación de la Provincia de Buenos Aires, organización integrante de la FTIA.
En el caso específico de Marolio, InfoAlimentación no pudo confirmar documentalmente hasta ahora bajo qué convenio colectivo quedarán encuadrados todos los nuevos puestos industriales. Por la actividad de las plantas, el CCT 244/94 de obreros y empleados de industrias de la alimentación aparece como uno de los encuadres relevantes, aunque la situación deberá verificarse según las tareas efectivamente desarrolladas y las categorías contratadas.
Más tecnología también exige capacitación
La expansión abre además otra discusión laboral: qué características tendrán los nuevos empleos.
Las plantas modernas de la industria alimenticia incorporan procesos cada vez más automatizados, controles electrónicos, mantenimiento especializado y sistemas de gestión de calidad e inocuidad.
La propia planta de pastas de Marolio en General Rodríguez utiliza líneas de producción automatizadas y tecnología de gran escala.
Por eso, la creación de empleo industrial debería ir acompañada por formación profesional.
Para los sindicatos de la alimentación, defender la producción nacional y la radicación de nuevas plantas no contradice la defensa de los derechos laborales. Una estructura productiva más grande y tecnificada puede sostener mejores empleos, pero requiere trabajadores capacitados y convenios capaces de acompañar los cambios tecnológicos sin degradar condiciones laborales.
La defensa del mercado interno, en ese sentido, no es solamente una posición empresarial. Una industria que produce más localmente sostiene empleos, demanda proveedores y genera posibilidades de desarrollo profesional para sus trabajadores.
Una inversión atravesada por un conflicto con el municipio
El proyecto tuvo, sin embargo, una controversia que conviene no omitir.
En mayo, Víctor Fera afirmó públicamente que había frenado parte de la expansión por diferencias administrativas y territoriales con el municipio de General Rodríguez. Según el empresario, el conflicto afectaba precisamente al centro de distribución, la planta de vinagre y el molino y podía comprometer los 500 nuevos puestos previstos.

El intendente Mauro García rechazó esa interpretación y sostuvo que el municipio no había detenido la inversión y que la empresa debía cumplir los procedimientos legales correspondientes.
Por ese motivo, la cifra de 500 nuevos empleos debe considerarse hoy una proyección asociada a la ejecución completa del proyecto, y no una contratación ya concretada.
Este punto también resulta relevante desde una mirada productiva. La inversión industrial necesita capital, demanda y competitividad, pero también reglas administrativas previsibles y capacidad de coordinación entre empresas y gobiernos locales.
El dato detrás de Marolio: invertir para ganar escala
La expansión de Marolio permite observar una tendencia que puede adquirir mayor importancia en la industria alimenticia argentina.
En mercados estancados, las empresas que invierten no necesariamente lo hacen porque el consumo esté creciendo. Algunas buscan precisamente estar mejor preparadas para un escenario de alta competencia por precio.
Integrar materias primas, automatizar procesos, aumentar escala y controlar la distribución puede mejorar productividad y permitir ganar participación aun cuando el mercado total permanezca estable.
Para los trabajadores, el desafío consiste en que esa mejora de productividad se traduzca también en empleo formal, capacitación, mejores calificaciones y condiciones laborales compatibles con una industria más moderna.
Y para el sector en su conjunto, el caso Marolio vuelve a colocar en discusión una relación fundamental: sin inversión no hay expansión productiva, pero sin mercado interno y capacidad de consumo tampoco hay crecimiento industrial sostenible.