Un sello discreto en el envase resume un cambio de fondo en cómo se piensa la producción de alimentos. La certificación de Empresa B distingue a las compañías que se comprometen legalmente a medir su éxito no solo por el resultado económico, sino también por su impacto social y ambiental. En un sector golpeado por la caída del consumo y la pérdida de rentabilidad, el modelo del triple impacto ofrece una lectura distinta sobre para qué y para quiénes produce una empresa.
Qué significa certificar como Empresa B
La certificación la otorga B Lab, la organización global detrás del movimiento, a través de una evaluación rigurosa que debe renovarse periódicamente. En Argentina, el proceso lo acompaña Sistema B, activo en el país desde 2012.
Los requisitos son exigentes y van más allá de una declaración de buenas intenciones. Las empresas deben obtener un puntaje mínimo de 80 puntos en la Evaluación de Impacto B, que audita su gestión en materia de trabajadores, clientes, comunidad y ambiente. El paso decisivo es jurídico, ya que la compañía debe modificar sus estatutos para incorporar un propósito de impacto y comprometerse legalmente a beneficiar a todas las partes interesadas y no solo a sus accionistas.

Esa modificación estatutaria es lo que distingue a una Empresa B de una compañía con buenas prácticas de responsabilidad social. El compromiso deja de ser voluntario y reputacional para volverse una obligación inscripta en el acta constitutiva, sujeta a rendición de cuentas ante todos sus grupos de interés.
Un movimiento que crece en la Argentina
El modelo se expande con fuerza en el país. A comienzos de 2026, Argentina alcanzó las 280 Empresas B certificadas, tras sumar 54 nuevas compañías solo durante 2025. El conjunto emplea a cerca de 44.000 personas y genera ingresos anuales por unos 5.175 millones de dólares.
La progresión es sostenida. Los relevamientos de Sistema B mostraban 218 empresas en 2024 y 248 hacia fines de ese año, con lo que el crecimiento no se detiene pese al contexto recesivo. A nivel global, el movimiento reúne más de 10.000 empresas certificadas, y Argentina se ubica como el segundo país de Latinoamérica con mayor cantidad de firmas B.

El universo es diverso y abarca desde pymes hasta multinacionales. En alimentos y bebidas conviven grandes jugadores como Danone —la Empresa B más grande del mundo— con bodegas, elaboradoras de snacks saludables, especias y proyectos plant based.
Zafrán, el caso de San Martín
Entre las Empresas B del sector alimentario hay un caso con raíz en el conurbano bonaerense. Zafrán, elaboradora de barras de cereales, granolas y snacks a base de ingredientes reales, tiene su origen en San Martín, provincia de Buenos Aires, y obtuvo la certificación B en 2020.
Su modelo ilustra qué significa el triple impacto en la práctica productiva. En lo social, más de la mitad de su equipo está integrado por personas que suelen enfrentar barreras para acceder a un empleo formal. En lo ambiental, cerca del 60% de la energía de su planta proviene de paneles solares, y la empresa destina el 1% de su facturación a organizaciones que trabajan por la regeneración de la tierra.

«Nuestro objetivo no es ganar plata. Somos mucho más ambiciosos: queremos mejorar el mundo a través de la alimentación y la inclusión laboral», define la compañía sobre el propósito que inscribió en su estatuto al certificar.
El caso muestra además una articulación con el entramado productivo estatal. Con asistencia del INTI, Zafrán desarrolló una línea de cereales inflados a base de harina de garbanzo, libre de octógonos, y trabaja en un plan de proveedores orientado a sustituir importaciones e incorporar ingredientes agroecológicos.
El impacto social y económico del modelo
La certificación genera efectos que exceden la gestión interna de cada empresa. En el plano del empleo, el compromiso con la inclusión laboral incorpora a la cadena formal a personas con dificultades de acceso al trabajo, un aporte concreto en un sector que sostiene mejor que otros su plantilla pero enfrenta un mercado deprimido.
En lo económico, el sello opera cada vez más como un activo comercial. Las propias empresas certificadas reportan un mayor interés de consumidores y socios que valoran la transparencia sobre el origen y la forma de producción, en un mercado donde crece la demanda de alimentos elaborados de manera ética y sostenible.
El modelo también reconfigura las cadenas de valor. La preferencia por proveedores con estándares alineados a la sustentabilidad tracciona prácticas responsables aguas arriba, e integra a productores locales y agroecológicos que de otro modo quedarían fuera de los circuitos formales de la industria.
Otra forma de producir en un sector en crisis
El crecimiento de las Empresas B en alimentos plantea una discusión de fondo sobre el sentido de la producción. Frente a un diagnóstico sectorial dominado por la caída del consumo, el cierre de empresas y la pérdida de rentabilidad, el triple impacto propone que la sostenibilidad social y ambiental no compite con la viabilidad económica sino que puede reforzarla.
El desafío es de escala. Las 300 empresas certificadas representan todavía una porción menor del entramado alimentario argentino y comparten las presiones que golpean al resto del sector. Su expansión sostenida en un contexto adverso deja una señal difícil de ignorar: en un mercado donde tres de cada cuatro consumidores dicen tener en cuenta el impacto socioambiental al comprar alimentos, el triple impacto dejó de ser un gesto para convertirse en un argumento de mercado.