La pregunta que ordena cualquier análisis de la coyuntura actual es si el escenario resulta favorable o adverso para producir y para consumir. Los datos que difundió el Mirador de la Actualidad del Trabajo y la Economía (MATE) en la primera semana de agosto, cruzados con las cifras oficiales más recientes de INDEC y del BCRA, permiten una respuesta con matices. El panorama no es homogéneo: hay sectores que crecen y sectores que caen, un empleo que se sostiene mejor en la alimentación que en el resto de la industria, y un consumo interno que aparece como el principal factor que traba la recuperación. Para el empresario y para el trabajador del sector, el cuadro combina señales de resistencia con motivos de alarma.
La actividad no encuentra piso
El punto de partida es una economía que se mueve en zigzag. El Estimador Mensual de Actividad Económica del INDEC cayó 0,5% en mayo, la cuarta baja mensual del año tras los retrocesos de enero, febrero y abril, con marzo como único mes de rebote significativo. La lectura de MATE coincide con el dato oficial, ya que describe una actividad en meseta donde el crecimiento es circunstancial y no traccionado por los sectores que emplean mano de obra.

La composición de ese resultado es la que más importa para la industria de alimentos. Los sectores que sostienen el índice son la explotación de minas y canteras, con un salto interanual del 15,7%, y la energía, mientras que la industria manufacturera, el comercio y la construcción, que son los grandes demandantes de empleo, continúan en terreno negativo. En la comparación interanual de mayo, la industria cayó 5,6% y el comercio 4,4%, según los datos oficiales que MATE sistematiza.
El diagnóstico que se desprende es el de una recuperación desacoplada. La actividad general se sostiene por encima de la de un año atrás gracias a una base de comparación débil y al empuje de sectores extractivos, mientras el entramado productivo que genera consumo masivo y empleo formal sigue sin encontrar el punto de partida de una mejora.
La alimentación resiste en empleo, retrocede en actividad
En ese cuadro general, la industria de la alimentación ocupa una posición particular que la distingue del resto de la manufactura. Los relevamientos que el portal ya documentó muestran que Alimentos y bebidas integra el reducido grupo de ramas industriales que operan por encima de los niveles de empleo de noviembre de 2023, cuando la industria en su conjunto lidera la destrucción de puestos formales.
Esa resistencia relativa tiene un límite claro. La contracara de la plantilla que se sostiene es una producción que retrocede mes a mes y una capacidad instalada que se ubica por debajo de la de un año atrás, con una utilización del 58,4% en mayo según el INDEC. El sector aguanta el empleo sobre una base productiva que se erosiona, una tensión que no puede prolongarse indefinidamente sin traducirse tarde o temprano en las nóminas.

El deteriro del empleo industrial general marca el riesgo hacia el que podría deslizarse la alimentación si el consumo no se recupera. Entre noviembre de 2023 y mayo de 2026, el empleo asalariado privado registrado se redujo en 241.176 trabajadores, de los cuales 85.561 corresponden a la industria manufacturera, un 35,5% del total. La alimentación esquiva por ahora ese destino, pero opera dentro del mismo sistema que lo produce.
El consumo, principal freno de la cadena
Si un solo factor explica la fragilidad del escenario para producir alimentos, es la debilidad del consumo interno. El propio empresariado lo reconoce como el obstáculo central, y los datos de MATE ofrecen la explicación de por qué el bolsillo no tracciona.
El salario real es la raíz del problema. Según la serie que sistematiza MATE con datos del INDEC, el salario del sector privado cerró doce meses de caída y se ubicó 9% por debajo del poder de compra que tenía en noviembre de 2023, mientras el salario estatal quedó 23% por debajo. Cada trabajador privado acumula una pérdida cercana a 2,9 millones de pesos, y cada estatal una de 14,9 millones.
La transferencia de ingresos que se produjo en la economía por la caída del costo salarial alcanza los 97,3 billones de pesos desde el inicio de la gestión, según el cálculo de MATE sobre datos de INDEC y la ex AFIP.
Ese drenaje de poder adquisitivo se traduce en una plaza deprimida que el sector alimentario siente de manera directa, porque su demanda depende del consumo masivo de los hogares. La caída del salario no es un dato abstracto para la góndola, sino la causa inmediata de que las ventas no despeguen.
La inflación dejó de bajar
Al cuadro de salarios hundidos se suma un factor que MATE captó en su cierre de junio y que los datos oficiales de julio confirmaron y agravaron. La inflación, que venía desacelerando, cortó esa tendencia. El IPC de julio marcó 2,1%, por encima del 1,9% de junio, y la variación interanual trepó al 33,8%, con un acumulado de 19,3% en los siete meses del año.
El empleo en la alimentación resiste, lo que constituye una noticia relativamente mejor que la del resto de la industria, pero el salario real acumula una pérdida que no se recupera y la inflación volvió a acelerar. La estabilidad del puesto convive con un poder de compra deteriorado que condiciona la vida cotidiana.
Para el sector hay un matiz relevante en ese dato. En julio, la división Alimentos y bebidas subió por debajo del promedio general, en torno al 1,6% al 2%, favorecida por bajas en frutas y verduras. Esa moderación puntual alivia el costo de la canasta, pero no compensa la pérdida acumulada de poder adquisitivo que arrastra el consumo desde hace más de un año.
La combinación es la más incómoda para la cadena alimentaria. Los ingresos caen o no recuperan, la inflación deja de ceder, y el consumidor ajusta su compra de alimentos, un fenómeno que ya se observa en la retracción del consumo de productos emblemáticos del mercado interno.
El sector externo y la deuda como sostén
El esquema macroeconómico que enmarca todo esto agrega un elemento de fragilidad estructural que MATE desarrolla en su análisis del sector externo. El modelo, según su lectura, solo se sostiene por el incremento de la deuda pública y privada y por el apoyo financiero externo, porque los dólares que genera la economía real no alcanzan para cubrir la demanda de la economía financiera.
Los datos del BCRA que MATE sistematiza muestran la aceleración de los giros de utilidades al exterior, con 3.037 millones de dólares en siete meses, encabezados por el sector petrolero pero con participación de alimentos, que aparece en segundo lugar entre las ramas que remiten ganancias. El dólar, además, retomó un sendo ascendente y se incrementó 10% desde mediados de abril.
Para el productor de alimentos, este marco tiene una lectura ambivalente. La presión sobre el tipo de cambio encarece insumos importados y agrega incertidumbre, mientras que la fragilidad del esquema externo condiciona cualquier previsión de mediano plazo sobre costos y financiamiento.
Un balance con señales cruzadas
El panorama que surge de cruzar los datos de MATE con las cifras oficiales no admite una respuesta única. Para el empresario del sector, hay elementos de resistencia, ya que la alimentación sostiene su actividad y su empleo mejor que el promedio industrial, y la inflación del rubro se ubicó por debajo del nivel general en el último dato. Pero conviven con señales adversas de peso, como una capacidad instalada ociosa que crece, un consumo deprimido que no traccciona y un marco macroeconómico sostenido con deuda.
Para el trabajador del sector, el balance se inclina hacia lo desfavorable. El empleo en la alimentación resiste, lo que constituye una noticia relativamente mejor que la del resto de la industria, pero el salario real acumula una pérdida que no se recupera y la inflación volvió a acelerar. La estabilidad del puesto convive con un poder de compra deteriorado que condiciona la vida cotidiana.
La conclusión que ordena el conjunto es que el escenario resulta más adverso que favorable para la producción y el consumo de alimentos, con la debilidad de la demanda interna como nudo central. Mientras el salario real no se recupere y el consumo no traccione, la resistencia del sector alimentario seguirá apoyada en una base que se erosiona, y su relativa fortaleza en materia de empleo dependerá de que la actividad encuentre, por fin, el piso que hoy le falta.