Del tambo a la góndola: el productor pierde participación y los lácteos se encarecen

La Argentina produce leche a valores competitivos frente a otros países, pero esa ventaja se diluye antes de llegar a la góndola. Entre el tambo y el consumidor se acumulan costos industriales, impuestos, logística, energía, comercialización y problemas de escala que terminan conformando una paradoja: la materia prima pierde valor relativo mientras los productos lácteos siguen encareciéndose.

Los últimos datos del Observatorio de la Cadena Láctea Argentina (OCLA) permiten medir esa distancia. En julio de 2026, el precio recibido por el productor aumentó 11,5% interanual. Durante el mismo período, el valor de salida de fábrica avanzó 19,7% y el precio pagado por el consumidor subió 18,3%.

La diferencia no implica que toda la brecha quede en poder de las industrias o los supermercados. Cada eslabón enfrenta estructuras de costos distintas y los valores relevados no equivalen directamente a márgenes de rentabilidad. Sin embargo, la evolución desigual confirma que el productor es el sector que menos logró acompañar el movimiento de precios dentro de la cadena.

La leche se paga por debajo de su valor de referencia

El precio promedio informado por el sistema SIGLeA alcanzó en julio los $527,47 por litro. La capacidad teórica de pago de la industria, calculada por el Instituto Argentino de Profesores Universitarios de Costos, se ubicó en $557,96. La diferencia fue de $30,49 por litro.

La distancia resulta todavía mayor frente al valor de largo plazo requerido por la producción primaria. Ese indicador, que contempla los costos y una retribución al capital invertido, llegó a $604,30 por litro. El productor recibió, por lo tanto, $76,83 menos que el valor estimado para sostener la actividad en condiciones normales.

El promedio tampoco refleja las profundas diferencias entre establecimientos. Según los modelos regionales elaborados por INTA y sistematizados por OCLA, los tambos pequeños —con una producción diaria cercana a 1.771 litros— registraron en julio una rentabilidad negativa del 1,51%.

El productor pierde participación y los lácteos se encarecen para el consumidor.

Los establecimientos medianos, con alrededor de 4.105 litros diarios, también quedaron en terreno negativo, con una tasa del 0,37%. Solo los tambos grandes, que producen en promedio 8.847 litros por día, alcanzaron una rentabilidad positiva del 2,85%, todavía inferior al 5% considerado como retribución objetivo para el capital operado.

La escala vuelve a marcar quién puede resistir. Los establecimientos con mayor volumen distribuyen sus costos fijos sobre una producción más amplia, negocian en mejores condiciones y cuentan con mayor capacidad financiera. En el extremo opuesto, los tambos chicos quedan más expuestos a los aumentos de alimento, energía, combustible, sanidad y mantenimiento.

Menos del 31% del valor final queda en el tambo

La participación del productor en el valor total generado por la cadena cayó al 30,8% durante julio. El indicador quedó dos puntos porcentuales por debajo del nivel registrado un año antes y también se ubicó por debajo de su promedio histórico.

Cuando la comparación se limita al valor de salida de fábrica, la producción primaria recibió el 51%. Ese porcentaje fue 3,7 puntos inferior al de julio de 2025 y casi tres puntos menor que el promedio de la serie.

La pérdida de participación ocurrió mientras la industria actualizaba sus valores más rápidamente. En la comparación mensual, los precios de salida de fábrica aumentaron 3,1%, contra una mejora del 1,8% en el precio pagado por la leche cruda. En términos interanuales, la variación industrial superó por 6,1 puntos porcentuales a la recibida por el productor.

La situación tampoco puede explicarse solamente por una ampliación de los márgenes fabriles. Convertir leche cruda en leche fluida, quesos, yogures, manteca o leche en polvo requiere energía, frío, envases, transporte, personal, financiamiento y capacidad instalada. A ello se suman la carga tributaria y las deficiencias logísticas señaladas por representantes de la propia actividad.

Ércole Felippa, empresario lácteo y vicepresidente del Banco de Córdoba, advirtió recientemente que la Argentina dispone de una materia prima competitiva medida en dólares, pero llega al mercado con productos terminados caros. Su diagnóstico apunta a revisar toda la estructura de la cadena y no solamente el precio pagado en el tambo.

Más producción no garantiza mejores resultados

El deterioro ocurre en un escenario de mayor producción. El tambo promedio relevado por SIGLeA produjo durante julio unos 3.667 litros diarios. En los primeros siete meses del año, su volumen creció 9% frente al mismo período de 2025.

Esa mejora no alcanzó para compensar la caída del precio real. Ajustada por inflación, la facturación acumulada del establecimiento promedio retrocedió 10,8% interanual. Medida en dólares, disminuyó 6,1%.

La industria muestra un desequilibrio semejante. El estimador mensual elaborado por OCLA registró en julio un incremento productivo del 3,2% respecto de un año atrás, pero el valor de salida de fábrica, medido en términos constantes, cayó 11,4%. Como resultado, el indicador general de la actividad láctea retrocedió 7,7% interanual.

La cadena dispone de más leche, pero encuentra dificultades para transformarla en mejores ingresos. Con el mercado interno debilitado, una parte creciente del excedente debe colocarse en el exterior, donde los precios internacionales, el tipo de cambio y los costos logísticos condicionan la rentabilidad.

El precio final también refleja la caída del consumo

El valor de los productos terminados no puede analizarse al margen de lo que ocurre con la demanda. El consumo interno permanece cerca de los niveles más bajos de la serie histórica y las familias reemplazan productos tradicionales por opciones de menor precio.

Ese cambio se observa en el avance de bebidas con contenido lácteo, sustitutos del queso rallado, margarinas, productos untables y otras alternativas que no siempre poseen la misma composición ni denominación legal que los alimentos que reemplazan. El precio se convirtió en el criterio dominante dentro de una porción creciente de los hogares.

La industria queda así atrapada entre dos límites. Si traslada todos sus costos a la góndola, profundiza la caída de las ventas. Si absorbe esos incrementos, reduce márgenes y compromete plantas, inversiones y empleo. El productor, por su parte, recibe un precio que en los establecimientos pequeños y medianos ya no alcanza para cubrir adecuadamente los costos y remunerar el capital.

El problema no es que la leche sea barata o que los lácteos sean caros por una única causa. La contradicción nace de una cadena que pierde eficiencia entre impuestos, logística, costos financieros, capacidad ociosa y una demanda interna sin fuerza. El resultado es un producto costoso para el consumidor, una industria con dificultades para vender y miles de tambos que producen más, pero participan cada vez menos del valor final.