Cada 2 de septiembre, la Argentina conmemora el Día de la Industria en recuerdo de la primera exportación de productos manufacturados realizada desde el territorio nacional en 1587. En 2026, la fecha encuentra al sector atravesado por una discusión de fondo sobre el modelo productivo: mientras el Gobierno destaca la estabilización macroeconómica y la recuperación de algunos indicadores, empresarios y trabajadores advierten sobre pérdida de empleo, menor actividad, apertura importadora y deterioro del entramado industrial.
Una fecha con más de cuatro siglos de historia
La conmemoración recuerda el 2 de septiembre de 1587, cuando desde Buenos Aires partió hacia Brasil un cargamento con productos elaborados en el territorio. Con el tiempo, la jornada pasó a representar el papel de la industria como generadora de empleo, inversión, tecnología y agregado de valor.
Más de cuatro siglos después, la discusión sigue girando alrededor de esos mismos conceptos, aunque en un escenario económico marcadamente diferente.
Uno de los indicadores que mejor refleja la tensión actual es el empleo.
Según un informe del Centro de Economía Política Argentina elaborado sobre datos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo, entre noviembre de 2023 y mayo de 2026 la cantidad de trabajadores registrados en unidades productivas industriales pasó de 1.215.092 a 1.117.780.
La diferencia implica 97.312 empleos industriales registrados menos, una contracción cercana al 8%.

El deterioro también aparece al observar la cantidad de establecimientos manufactureros con trabajadores registrados. En el mismo período pasaron de 49.622 a 45.602.
Son 4.020 unidades productivas menos. El dato permite dimensionar el fenómeno con mayor precisión que una enumeración de cierres puntuales: la contracción no alcanza únicamente a grandes plantas que aparecen en las noticias, sino también a un entramado más amplio de empresas industriales.
Una industria que todavía opera lejos de su potencial
La utilización de la capacidad instalada de la industria manufacturera alcanzó el 59,1% en junio de 2026, según el último dato disponible del INDEC.
El nivel fue ligeramente superior al 58,9% registrado en junio de 2025, una señal que introduce un matiz frente al diagnóstico de caída generalizada.
Sin embargo, prácticamente cuatro de cada diez máquinas y líneas productivas disponibles permanecen sin utilizar.
La situación, además, es muy desigual entre ramas. Sectores vinculados a energía y refinación muestran una dinámica diferente de aquellas actividades más dependientes del consumo interno, la construcción o la protección frente a la competencia importada.
Ese comportamiento heterogéneo explica buena parte de la discusión entre el Gobierno y las entidades industriales.
Alimentos y bebidas, un actor central
Dentro del mapa manufacturero, la industria de alimentos y bebidas conserva un peso estratégico.
Datos difundidos por la Coordinadora de las Industrias de Productos Alimenticios señalan que el sector representa aproximadamente el 30% del producto industrial, un tercio del empleo industrial registrado y más de 416.000 puestos de trabajo formales directos.
También explica cerca del 39% de las exportaciones argentinas.
Esa doble condición —gran generadora de empleo interno y principal plataforma exportadora industrial— convierte a la alimentación en uno de los sectores donde con mayor claridad aparecen las contradicciones del escenario actual.
Mientras las exportaciones representan una fuente estructural de divisas, las empresas que dependen del mercado interno enfrentan consumo debilitado, costos elevados y una competencia importada creciente.
Más alimentos importados en las góndolas
La apertura comercial introdujo un nuevo factor de presión.
Durante el primer semestre de 2026, las importaciones de productos alimenticios fueron 51,9% superiores a las registradas durante el mismo período de 2023, de acuerdo con datos oficiales procesados por CEPA.
El crecimiento se produce en un contexto más amplio de expansión de las importaciones de bienes de consumo.

Pastas, galletitas, quesos, conservas, café, bebidas y otros alimentos extranjeros comenzaron a ganar mayor presencia en supermercados y comercios.
Para el consumidor, el proceso puede significar mayor variedad y eventualmente una presión competitiva sobre los precios.
Para la industria local, especialmente para las pequeñas y medianas empresas, representa un desafío adicional.
El debate no pasa únicamente por la apertura o el cierre de la economía, sino por las condiciones bajo las cuales compiten empresas argentinas y productos importados: presión impositiva, costo financiero, logística, infraestructura, energía y regulación forman parte de esa ecuación.
La UIA reclama un “puente” para la industria
Ese fue uno de los ejes del acto realizado por la Unión Industrial Argentina por el Día de la Industria.
El presidente de la entidad, Martín Rappallini, advirtió sobre la pérdida acumulada de empleo industrial y reclamó medidas que permitan atravesar la transición hacia una economía más abierta y competitiva.
La UIA viene insistiendo especialmente en la necesidad de reducir la carga tributaria que se acumula a lo largo de las cadenas productivas.
Ingresos Brutos, tasas municipales, impuestos provinciales y otros tributos forman parte del diagnóstico empresario sobre los llamados “costos argentinos”.
El planteo industrial no implica necesariamente rechazar la apertura comercial, sino reclamar una reducción simultánea de los costos internos para evitar que las empresas locales compitan en condiciones asimétricas.
También existe una dimensión política.
La relación entre la conducción industrial y el Gobierno atravesó durante los últimos meses distintos episodios de confrontación pública, incluyendo cuestionamientos presidenciales hacia empresarios que defienden políticas de protección o promoción industrial.
El Gobierno pone el foco en la estabilización
La lectura oficial es diferente. El Gobierno sostiene que el principal objetivo de la política económica fue corregir los desequilibrios macroeconómicos que afectaban a la producción: inflación, déficit fiscal, restricciones cambiarias y distorsiones de precios relativos.
Algunos indicadores muestran efectivamente una mejora respecto de los momentos más críticos de la recesión.
La Secretaría de Trabajo informó que el salario real promedio del empleo privado registrado se encontraba en abril por encima del nivel de noviembre de 2023.
La utilización de capacidad instalada también mostró una ligera mejora interanual en junio.
Para el Ejecutivo, la apertura comercial debe además inducir mayor productividad, competencia y menores precios.
El problema aparece en la transición. Los últimos registros laborales oficiales todavía muestran dificultades para consolidar una recuperación sostenida del empleo privado formal, mientras distintas ramas industriales continúan operando por debajo de los niveles alcanzados antes de la recesión.
La discusión, entonces, no es únicamente sobre el destino final del programa económico, sino sobre cuántas empresas y puestos de trabajo pueden perderse antes de que llegue una eventual recuperación.
El trabajo también entra en la discusión
Desde el movimiento obrero, el diagnóstico es aún más crítico.
Los sindicatos industriales advierten que una apertura rápida en un contexto de bajo consumo interno puede traducirse en suspensiones, reducción de horas extras, retiros voluntarios y pérdida de puestos de trabajo.
En la alimentación, la Federación de Trabajadores de Industrias de la Alimentación y los sindicatos de base vienen atravesando negociaciones salariales complejas con las cámaras empresarias.

La disputa salarial se superpone con otra preocupación: preservar los puestos de trabajo ante la caída de actividad de determinadas plantas.
En ese marco, la estrategia sindical no siempre es exclusivamente salarial. Existen casos donde las organizaciones gremiales negociaron garantías de empleo, recategorizaciones y compromisos de producción local como parte de acuerdos destinados a evitar ajustes mayores.
La discusión industrial adquiere así una dimensión que excede a empresarios y Gobierno: detrás de cada nivel de producción también existen empleos, salarios y economías regionales vinculadas a las fábricas.
La industria alimentaria mira también hacia afuera
El escenario doméstico contrasta con el potencial internacional del sector.
La Argentina exporta alimentos a decenas de mercados y mantiene ventajas estructurales en producción agroindustrial.
Esa capacidad será uno de los ejes de Argentina Alimenta 2026, la feria internacional organizada para noviembre en La Rural, que buscará reunir a productores, industrias, compradores internacionales y proveedores de tecnología.
La apuesta por internacionalizar la producción argentina convive, sin embargo, con una pregunta inevitable: qué estructura industrial llegará en condiciones competitivas a aprovechar esas oportunidades.
Exportar más requiere mercados internacionales, pero también empresas capaces de invertir, producir, financiarse y sostener empleo dentro del país.
Entre la estabilidad y la fábrica
El Día de la Industria de 2026 encuentra así a la Argentina frente a una tensión que probablemente continúe durante los próximos meses.
La estabilización macroeconómica representa una condición necesaria para cualquier proyecto industrial sostenible, pero no garantiza por sí sola una expansión de la producción.
La apertura puede aumentar la competencia y beneficiar al consumidor, pero también obliga a revisar impuestos, infraestructura, financiamiento y costos productivos internos.
Los empresarios reclaman condiciones para competir mientras que los trabajadores buscan preservar empleo y salario. Por su parte, el Gobierno apuesta a que la normalización de la economía y una mayor competencia generen una estructura productiva más eficiente.
En el medio aparece la fábrica. Los números muestran una industria que conserva enorme capacidad productiva y exportadora, especialmente en alimentos y bebidas, pero que todavía enfrenta una pérdida acumulada de empleo y establecimientos.
A 439 años de aquella primera exportación que dio origen a la efeméride, el debate vuelve a una cuestión elemental: no sólo cuánto puede producir la Argentina, sino bajo qué condiciones puede hacerlo y cuántas empresas y trabajadores formarán parte de ese proceso.