El consumo acumula diez caídas y las familias se endeudan para comer
Diez meses consecutivos de retroceso, morosidad récord y hogares que financian el supermercado con tarjeta: el mercado interno muestra una recesión que los números del gobierno no logran disimular
El dato es contundente y viene de múltiples fuentes: el consumo en la Argentina no repunta. Según el informe de la Gerencia de Estudios Económicos del Banco Provincia, el consumo registró una caída interanual del 9,5% en febrero de 2026 en términos reales, acumulando diez meses consecutivos de retroceso. No es un tropiezo. Es una tendencia.
El principal factor detrás de este descenso fue la fuerte baja en los pagos con dinero en cuenta, que se desplomaron un 15,6%, mientras que las transacciones con tarjeta crecieron levemente un 1,2%. La foto es reveladora: cuando el dinero disponible no alcanza, la tarjeta entra en escena. Pero no para comprar un electrodoméstico o salir de vacaciones: para pagar el supermercado.
Un consumo que se hunde en todos los canales
Los datos de la consultora Scentia confirman la tendencia. El consumo masivo registró una caída interanual del 3,4% en febrero y del 2,1% en el primer bimestre, en compras realizadas en supermercados, autoservicios, farmacias, e-commerce, mayoristas y kioscos. En términos mensuales, la caída fue aún más pronunciada: las ventas se hundieron 6,3% respecto de enero.
El detalle por rubros en supermercados no deja lugar a dudas: todos dieron negativo. Alimentación cayó 1,1%, bebidas con alcohol 3,1%, bebidas sin alcohol 11,9%, desayuno y merienda 4,6%, higiene y cosmética 2,8% y perecederos 8,2%. La única excepción fue el e-commerce, que creció por el efecto sustitución hacia canales más baratos, pero representa apenas entre el 6% y el 7% del consumo total.
Las ventas minoristas pyme cayeron 5,6% en febrero y acumulan un retroceso del 5,2% en lo que va de 2026. Más del 38% de los comerciantes percibe un deterioro en su actividad. Bazar y decoración se desplomó 14,4%, perfumería 10,7% y alimentos 8,7%.
La tarjeta como muleta del ingreso
El fenómeno más preocupante no es la caída en sí misma, sino el mecanismo que la sostiene artificialmente. Durante 2025, el financiamiento mediante tarjetas permitió sostener el consumo: el 43,6% de las ventas en supermercados se realizó con tarjetas de crédito, según datos del INDEC. En 2026, esa dinámica perdió fuerza: las compras con tarjeta crecieron apenas 5,8% interanual en febrero, cuando durante 2025 habían crecido al 51,6%.

El crédito que sostuvo artificialmente la demanda está llegando a su límite natural. Los indicadores de cartera irregular alcanzaron niveles no vistos desde 2010: la morosidad en préstamos personales llegó al 9,9%, mientras que en tarjetas de crédito trepó al 7,7%. La mora en las familias alcanzó el 10,6% en entidades bancarias, su nivel más alto en más de 20 años, según datos del BCRA.
Las tasas de interés de tarjetas de crédito se mantuvieron durante 2025 en un rango aproximado de 70% a 100% nominal anual. A comienzos de 2026, si bien hubo cierta moderación, los costos financieros continúan ubicándose en torno al 80%-90%, niveles extremadamente altos en relación con la inflación observada. Cuando el crédito se usa para pagar alimentos a esas tasas, no es financiamiento: es deuda cara sobre necesidades básicas.
La proporción de ingresos destinada a pagar deudas alcanzó el 26,3% del total familiar, un récord en la serie iniciada en 2006.
El salario que no alcanza
Detrás del derrumbe del consumo hay una causa estructural que el gobierno evita nombrar: la pérdida de poder adquisitivo de los ingresos. Los salarios registrados, privados y públicos, sufrieron una pérdida de 7,3% real del poder adquisitivo entre septiembre de 2025 y enero de 2026. A la par, el mercado laboral registró un aumento del desempleo al 7,5% en el cuarto trimestre de 2025, con una pérdida sustancial de puestos registrados que se reconvirtieron a monotributo.
Desde el cambio de administración, la economía perdió 201.000 puestos de trabajo asalariados registrados. La industria manufacturera exhibió una dinámica aún más negativa, con una reducción de 65.000 puestos desde el inicio de la administración libertaria.
El consumo per cápita de productos masivos, medido con base 100 en 2017, se ubicó en 2025 en apenas 78 puntos. Dicho de otro modo: los argentinos consumen un 22% menos que hace ocho años en términos de bienes básicos.
Industria y mercado interno: una cadena que se rompe
El impacto no se detiene en el mostrador del supermercado. Se transmite hacia atrás en la cadena productiva. La actividad económica registró una caída del 2,9% interanual en febrero, según la consultora Orlando J. Ferreres & Asociados. La industria manufacturera fue uno de los rubros más afectados, con una caída del 7,9% interanual, impulsada por retrocesos en maquinaria y equipos y en la producción de alimentos, especialmente en la molienda de aceites. El comercio también reflejó la debilidad del consumo, con una contracción del 6,9% interanual tanto en el segmento mayorista como minorista.
La economía argentina está operando en un sistema de suma cero sectorial: lo que ganan los sectores exportadores y extractivos es compensado —y en febrero superado— por la parálisis de la industria nacional y el consumo masivo. Vaca Muerta crece. El supermercado del barrio se vacía. Son dos países dentro del mismo.
Entre noviembre de 2023 y diciembre de 2025, el número de empleadores o unidades productivas se redujo en 22.608. El 46,1% de las empresas identifica la caída de la demanda interna como su principal problema.
El mercado interno no es un costo: es el motor
La discusión de fondo es política y económica a la vez. Un modelo que apuesta exclusivamente al crecimiento por exportaciones y ajuste fiscal puede mostrar números macro ordenados —superávit, desaceleración inflacionaria, reservas— mientras el tejido productivo orientado al mercado interno se destruye silenciosamente.
Tras un 2024 recesivo y un 2025 de recuperación parcial, los hogares argentinos parecen haber alcanzado un techo en su capacidad de gasto. El crédito que sostuvo artificialmente la demanda ya mostró sus límites: la morosidad frenó la expansión y las familias endeudadas no pueden seguir tirando del carro.
La industria de alimentos lo sabe mejor que nadie. Produce para un mercado interno que no tiene capacidad de compra. Negocia paritarias contra un gobierno que impone techos. Y registra, mes a mes, cómo sus productos se acumulan en góndolas que cada vez menos manos pueden alcanzar. Diez caídas consecutivas no son una estadística. Son diez meses de familias eligiendo qué dejar de comprar.
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