Desigualdad: el 10% más rico gana 13 veces más que el más pobre
Datos del INDEC del cuarto trimestre de 2025 exponen una desigualdad estructural que el ajuste no resuelve y que golpea con fuerza a los trabajadores industriales.
La distancia entre el 10% más rico y el 10% más pobre de la población se mantuvo en 13 veces, sin mejoras respecto al año previo, según datos del INDEC correspondientes al cuarto trimestre de 2025. El coeficiente de Gini apenas se movió, los salarios del grueso de la población siguen lejos de cubrir la canasta básica y los trabajadores informales ganan exactamente la mitad que sus pares registrados. Mientras el gobierno celebra la baja de la pobreza, la radiografía distributiva muestra una Argentina partida al medio, donde el salario industrial —arrancado a la fuerza en paritarias hostiles— es uno de los pocos diques contra el derrumbe del poder adquisitivo de los sectores medios y bajos. La desigualdad parece ser una política de Estado para la gestión libertaria.
El abismo: lo que muestran los números
El coeficiente de Gini se ubicó en 0,427, apenas por debajo del 0,430 registrado un año atrás. La desigualdad no se profundiza, pero tampoco cede de manera significativa pese a la mejora en el dato de pobreza. El 10% más rico concentra el 32,3% del total de los ingresos, mientras que el 10% más pobre apenas accede al 1,8%. Una diferencia de casi 18 puntos porcentuales que explica, en términos concretos, por qué la recuperación macroeconómica que exhibe el gobierno no se siente en los barrios ni en las mesas de los trabajadores.
El dato que más interpela es el de la mediana salarial. El ingreso promedio de la población ocupada fue de $1.068.540, pero la mediana se ubicó en $800.000: la mitad de los trabajadores gana menos que ese valor, lo que evidencia una fuerte dispersión y una concentración en los niveles más altos. Dicho de otro modo: el promedio está inflado por los ingresos del techo. El trabajador típico, el del medio de la pirámide, percibe bastante menos de lo que las estadísticas generales sugieren.
Los que quedan abajo
Los primeros cuatro deciles de trabajadores perciben en promedio apenas $392.439, muy lejos de los $2,5 millones que reciben los sectores más altos. Ese número se emparenta directamente con el salario mínimo vital y móvil, que se ubicó en $352.400 durante marzo.
El contraste con la línea de pobreza es brutal. En febrero de 2026, la canasta básica total para un hogar de cuatro integrantes alcanzó los $1.397.672 mensuales. Eso significa que una familia tipo necesita más de cuatro salarios mínimos para no ser considerada pobre. Y los cuatro deciles inferiores ganan, en promedio, poco más de uno.

Según los datos del INDEC del segundo semestre de 2025, el 28,2% de las personas vive en hogares por debajo de la línea de pobreza, y la indigencia alcanza al 6,3%. El gobierno celebró la cifra como un logro. Pero que más de 13 millones de argentinos sigan siendo pobres, con una canasta que no para de subir, dimensiona la envergadura real del problema. El ingreso total familiar promedio de los hogares pobres fue de $671.492, cuando la canasta básica total promedio de ese grupo alcanzaba $1.065.691. La brecha de la pobreza se ubicó en 37%: los pobres ganan, en promedio, apenas el 63% de lo que necesitarían para dejar de serlo.
Formal vs. informal: la otra fractura
La desigualdad no es solo vertical —entre ricos y pobres— sino también horizontal, al interior del mundo del trabajo. Los trabajadores formales tienen un ingreso promedio de $1.321.353, mientras que los informales perciben apenas $651.484. Un trabajador formal gana, en promedio, el doble que uno informal. Esto refuerza una ecuación que los sindicatos industriales conocen bien: la negociación colectiva y la formalidad laboral son las únicas herramientas que protegen al trabajador de caer al piso. Sin convenio, sin registro, sin organización, el salario se licúa.

Los ingresos totales crecieron 44,9% interanual en términos nominales. Sin embargo, ese incremento no se tradujo en una mejora distributiva. La inflación se llevó buena parte de esa suba, y la estructura de concentración de ingresos permaneció intacta.
La brecha de género también es elocuente. Los varones registran un ingreso promedio de $1.191.364, mientras que las mujeres perciben $838.336. Las trabajadoras están sobrerrepresentadas en los segmentos de menores ingresos, lo que agrega una dimensión de género a la desigualdad estructural que los números globales tienden a ocultar.
El salario industrial: un piso que hay que defender
En este escenario, el salario negociado en paritarias representa algo más que un número en el recibo de sueldo: es la línea entre la dignidad y la precariedad. Cada punto ganado en la mesa de negociación es, en concreto, un punto menos de brecha. Cada trabajador que conserva su registro formal es un trabajador que no cae al piso de los $651.000 que caracterizan al empleo informal.

El salario convencional de la industria alimentaria, sostenido por el CCT 244/94 y negociado por la FTIA y los sindicatos de base como el STIA Buenos Aires, opera exactamente como ese amortiguador. En un mercado donde la mitad de los ocupados gana menos de $800.000 y la canasta básica supera el $1.397.000, la paritaria industrial no es un privilegio sectorial: es un instrumento de justicia distributiva.
Ricos más ricos, pobres más pobres
Los datos del INDEC no dejan lugar a interpretaciones optimistas. La desigualdad estructural se mantiene sólida: el Gini casi no se movió, la brecha entre ricos y pobres sigue siendo de 13 a 1, y la mitad de los trabajadores gana menos de $800.000 en un país donde una familia necesita casi $1.400.000 para no ser pobre.
La discusión sobre salarios industriales no es gremial ni sectorial. Es la discusión central sobre una Argentina posible: con movilidad social posible, o una con 13 pisos de diferencia entre quienes más tienen y quienes menos reciben.
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