Apertura de importaciones: alerta en la industria alimentaria
La apertura de importaciones impulsa alimentos extranjeros en góndolas y amenaza a la industria nacional, el empleo y la rentabilidad del sector alimenticio.
El ingreso récord de alimentos importados ya impacta en precios, producción y empleo. Mientras el Gobierno celebra la apertura comercial, la industria alimentaria enfrenta una competencia desigual que pone en riesgo fábricas, puestos de trabajo y economías regionales.
Importaciones récord y giro en la política comercial
La política de apertura comercial impulsada por el Gobierno comenzó a mostrar efectos concretos en el mercado interno. De acuerdo con el Centro de Economía Política Argentina (CEPA), entre enero y septiembre se registró un récord histórico de importaciones de bienes de consumo, que alcanzaron los USD 8.376 millones, el valor más alto desde 2004.
El dato resulta particularmente sensible para la industria alimentaria: los alimentos explican una porción creciente de ese flujo importador, en un contexto de caída del consumo interno, costos productivos elevados y pérdida de competitividad para las empresas nacionales. Desde el enfoque sindical, el fenómeno no puede leerse como un simple reordenamiento de precios, sino como una señal de alarma para el entramado productivo y laboral del sector.
Qué alimentos están ingresando y desde dónde
El ingreso de productos importados se verifica en múltiples rubros de la alimentación:
Lácteos: reaparecieron marcas uruguayas como Conaprole, con manteca, quesos, dulce de leche y crema, compitiendo directamente con la producción nacional.
Conservas de pescado: atunes y sardinas provenientes de Ecuador y Asia ganan espacio en góndola, con precios sensiblemente más bajos que los locales.
Bebidas y café: creció la presencia de cafés europeos, cápsulas importadas y cervezas extranjeras, tanto en segmentos premium como masivos.
Carnes: se registró un fuerte aumento de carne vacuna importada desde Brasil, Paraguay y Uruguay, en paralelo a la caída de exportaciones argentinas.
Frutas y alimentos frescos: naranjas, manzanas y bananas importadas aparecen incluso en momentos de oferta local disponible.
Este fenómeno no responde únicamente a faltantes estacionales, sino a un cambio estructural en las reglas de comercio exterior.
Diferencias de precios: competencia desigual
En muchos casos, los alimentos importados llegan a las góndolas con precios entre 15% y 30% inferiores a los productos nacionales. La diferencia se explica por economías de escala, menores costos logísticos en origen y, sobre todo, por la ausencia de políticas activas de defensa de la producción local.

Para el consumidor, el impacto inmediato puede ser una reducción de precios puntuales. Sin embargo, para la industria nacional el efecto es la erosión de márgenes, caída de ventas y dificultades para sostener niveles de producción y empleo.
Impacto sobre la industria y el empleo
Desde una mirada productiva y sindical, la apertura de importaciones genera múltiples riesgos:
Presión sobre la rentabilidad de empresas alimentarias, especialmente pymes.
Caída de la producción local, con capacidad ociosa creciente.
Amenaza directa sobre los puestos de trabajo, tanto en plantas industriales como en proveedores y economías regionales.
La industria de la alimentación es uno de los principales motores del empleo industrial en Argentina. Cada punto de sustitución de producción nacional por importaciones se traduce en menos trabajo registrado y menor actividad en los territorios.
Un modelo que prioriza importaciones sobre producción
Mientras el Gobierno sostiene que la apertura mejora la eficiencia y baja los precios, los datos muestran un modelo que favorece el ingreso de bienes terminados en detrimento del agregado de valor local. La experiencia histórica demuestra que estos procesos suelen dejar un saldo negativo en términos de empleo, desarrollo industrial y soberanía alimentaria.
Como advierten distintos sectores gremiales, sin políticas que equilibren la competencia, la apertura comercial puede convertirse en un camino directo hacia la desindustrialización del sector alimentario, con consecuencias sociales y económicas difíciles de revertir.
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