Cierres de fábricas y éxodo empresario en la era Milei

Cierres de fábricas y éxodo empresario en la era Milei

Whirlpool, Essen, SKF y el éxodo de multinacionales exponen una Argentina de Milei que se desindustrializa mientras avanzan la primarización y la especulación.

Un país que apaga máquinas

El anuncio del cierre de la planta de Whirlpool en el parque industrial de Pilar no fue un hecho aislado, sino el último capítulo de una película que la industria argentina viene viendo en tiempo real. La multinacional de electrodomésticos comunicó este 26 de noviembre el apagado definitivo de las líneas de producción inauguradas en 2022, con entre 220 y 300 trabajadores despedidos, según distintas fuentes periodísticas. La empresa justificó la decisión en la caída del consumo interno y en el avance de las importaciones, en un contexto de apertura comercial acelerada.

Durante la gestión de Milei se profundiza el proceso de desindustrialización y primarización de la economía.

 

El caso Whirlpool es brutal por su rapidez: una inversión presentada hace apenas tres años como “ejemplo de reactivación exportadora” se convierte hoy en símbolo de una Argentina que se achica, con trabajadores notificados de los despidos en el comedor de la planta, sin preaviso y con la producción relocalizada fuera del país.

El cuadro no se agota ahí. La fábrica de ollas Essen, en Venado Tuerto, redujo turnos, avanzó con al menos 30 despidos —34 según denuncias gremiales— y empezó a reemplazar cerca del 45% de su producción local por mercadería importada desde China. Al mismo tiempo, la histórica planta de rulemanes SKF en Tortuguitas, con casi un siglo de presencia en el país, confirmó su cierre y el despido de unos 150 operarios; la producción se concentrará en Brasil y el mercado argentino será atendido vía importaciones.

Los tres casos condensan un modelo: empresas que apagan máquinas, despiden personal y convierten al país en un mercado para colocar productos importados. La “libertad” prometida en los discursos oficiales se traduce en libertad para mover capitales y mercadería, mientras trabajadores y trabajadoras quedan cautivos entre el desempleo y la informalidad.

Whirlpool, Essen, SKF: cuando la apertura se vuelve cierre

En la planta de Whirlpool en Pilar se producían lavarropas para el mercado interno y para exportación. Había sido presentada como un ejemplo de “Made in Argentina” orientado al mundo, con apoyos públicos y promesas de integración local. Menos de tres años después, la misma firma admite que la baja en las ventas y la competencia de productos importados hacen “inviable” sostener la operación.

Essen, por su parte, es una marca emblemática de la cocina doméstica argentina. Sin embargo, la combinación de derrumbe del poder adquisitivo y apertura importadora empujó a la empresa a recortar personal y a reemplazar casi la mitad de lo que hacía en Santa Fe por producción china. Lo que antes salía de una línea de montaje en Venado Tuerto hoy llega en contenedores, con menos empleo industrial local y más presión sobre la balanza comercial.

Se apaga la industria en la era Milei y crece el desempleo.

 

El caso SKF muestra otra cara del mismo proceso: una multinacional que deja de producir rulemanes en el país, cierra su planta de Tortuguitas y se reconvierte en importadora desde Brasil. La decisión implica 145/150 despidos directos y la pérdida de capacidades tecnológicas en un sector clave para toda la industria automotriz y metalmecánica.

No se trata solo de números. Cada cierre borra oficios, saberes acumulados, cadenas de proveedores y entramados locales construidos durante décadas. El mensaje es claro: fabricar en Argentina deja de ser negocio frente a un esquema que abarata las importaciones y encarece el mercado interno, al tiempo que celebra como “eficiencia” lo que en los hechos es desindustrialización.

Éxodo de multinacionales y mapa de los despidos

El mapa productivo también se reconfigura con la salida o venta de operaciones de grandes multinacionales. Distintos relevamientos señalan que, en lo que va de la gestión de Javier Milei, al menos 13 a 16 empresas extranjeras se retiraron, vendieron activos o están en proceso de salida: ExxonMobil, HSBC, Prudential, Procter & Gamble, Clorox, Telefónica/Movistar, Burger King, Carrefour, Mercedes-Benz, Nissan, entre otras.

En muchos casos, las marcas siguen presentes, pero bajo control de grupos locales o regionales que toman el negocio enfocándose en la importación y la distribución, más que en la producción industrial. P&G, por ejemplo, transfirió su portfolio —Pampers, Pantene, Gillette— al grupo Newsan, mientras Clorox vendió Ayudín y Poett a un fondo regional.

Los datos duros del mercado laboral confirman la tendencia. Un informe reciente de Ámbito Financiero, basado en estadísticas oficiales, señala que entre noviembre de 2023 y agosto de 2025 se perdieron 276.000 puestos de trabajo registrados y cerraron casi 30 empresas por día, con la industria entre los sectores más golpeados. El Centro de Economía Política Argentina (CEPA) calculó, por su parte, más de 220.000 empleos formales menos y más de 15.000 empleadores desaparecidos en apenas 18 meses, con la construcción y el transporte encabezando la caída.

A escala de fábrica, la postal es similar a la que describen crónicas recientes de Reuters: plantas que frenan por la combinación letal de caída del consumo interno y avalancha de importaciones más baratas, con salarios argentinos que se ajustan por abajo mientras los precios de bienes y servicios dolarizados se mantienen altos.

En este escenario, el discurso oficial insiste en que se trata de una “reorganización eficiente” y de “liberar fuerzas productivas”. Del otro lado del mostrador, miles de familias viven el ajuste como la pérdida pura y simple de su fuente de ingresos.

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De fábrica a puerto: la primarización como horizonte

Mientras cierran fábricas y se multiplican los retiros voluntarios en la industria, los sectores que ganan centralidad en el nuevo esquema económico son los vinculados a la exportación de materias primas y a los negocios financieros. La apuesta por el agro, la minería y la especulación con tasas y tipo de cambio convive con el desarme de regulaciones y la reducción del Estado productivo.

Los recortes en obra pública, ciencia, tecnología e infraestructura —con caídas de hasta 77% en la inversión estatal, según distintos relevamientos— y la ola de despidos en el sector público se inscriben en la misma lógica: achicar todo lo que huela a política industrial o desarrollo de capacidades locales, aún a costa de deteriorar la demanda interna que sostiene al propio mercado.

La primarización no es una abstracción. Significa un país que exporta más soja, litio u oro, pero importa cada vez más productos industriales, desde electrodomésticos hasta insumos clave. Significa depender de decisiones de multinacionales y fondos de inversión —como los que avanzan sobre empresas históricas del sector metalúrgico— mientras se cierran plantas que generaban empleo calificado y arraigo territorial.

En paralelo, la apreciación del peso y la apertura irrestricta de la cuenta capital alientan la llegada de capitales especulativos, que buscan rendimientos financieros de corto plazo y pueden retirarse tan rápido como llegaron. El riesgo es conocido en la historia económica argentina: cuando el país aparece solo como plataforma de carry trade y proveedor de commodities, los ciclos de auge y derrumbe se aceleran, y las crisis se pagan en empleos y en tejido productivo destruido.

Un modelo en disputa: industria, trabajo y futuro

Los cierres de Whirlpool, Essen y SKF, sumados al éxodo de multinacionales y a la caída del empleo formal, ponen en el centro del debate qué modelo de país se está construyendo. Los defensores del “shock libertario” destacan la desaceleración de la inflación y los primeros superávits fiscales como logros incuestionables.

Sin embargo, los datos de pobreza, la pérdida de poder adquisitivo y el deterioro de las condiciones de vida muestran la otra cara del ajuste. Crónicas recientes describen una sociedad en la que amplios sectores de la clase trabajadora —incluidos quienes conservan su empleo— ya no llegan a fin de mes, deben mudarse a casas más precarias o multiplicar las changas para sostener consumos básicos.

La discusión de fondo es si la estabilización macroeconómica puede darse a costa de sacrificar la estructura productiva y el trabajo industrial. Los números indican que, mientras se celebran balances fiscales, se pierden empresas, fábricas y empleos formales a un ritmo difícil de revertir. Cada planta que cierra hoy será una planta menos para aprovechar cualquier eventual rebote mañana.

Frente a un paisaje de máquinas apagadas, el dilema no es solo económico, sino político y social: ¿Argentina se conformará con ser un país cada vez más primarizado, importador y dependiente de capitales especulativos, o discutirá un rumbo que ponga en el centro el trabajo, la industria y la soberanía productiva? La respuesta no se juega en los discursos, sino en los portones de las fábricas que hoy amanecen con candado.

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