La CGT inauguró una muestra sobre el movimiento obrero en la dictadura
Con 4.000 documentos y 78 horas de testimonios, la CGT inauguró en la ex ESMA la historia que el movimiento obrero tardó 50 años en poder contar de forma organizada y en un marco institucional de relevancia.
El viernes 27 de marzo, en el predio donde funcionó el mayor centro clandestino de detención del país, la Confederación General del Trabajo inauguró la muestra permanente e interactiva «Resistencia de las trabajadoras y trabajadores organizados en dictadura y su lucha por la recuperación de la democracia». Más de 57 sindicatos aportaron sus archivos: 4.000 documentos, 2.000 fotografías y 78 horas de testimonios integran una exposición que viene a saldar, medio siglo después, una deuda histórica con la clase trabajadora. Trabajadores y trabajadoras de la industria de la alimentación participaron del acto inaugural. Entre ellos, Rodolfo Daer, ex secretario general del STIA Buenos Aires y actual tesorero del gremio, uno de los tantos dirigentes sindicales detenidos y perseguidos por el terrorismo de Estado. Su testimonio integra la muestra.
EL ACTO Y LA INAUGURACIÓN
A días exactos del quincuagésimo aniversario del golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976, el Espacio Memoria y Derechos Humanos de la ex ESMA fue el escenario de un acto que reunió a la plana mayor de la conducción cegetista, representantes de organismos de derechos humanos y delegaciones sindicales de los más diversos sectores. La fecha no fue casual: en el mismo predio donde la última dictadura ejecutó su plan sistemático de secuestro, tortura y desaparición, el movimiento obrero organizado tomó la palabra para inscribir su propia historia en la memoria colectiva.
La muestra busca reponer el rol del movimiento obrero en la resistencia a la dictadura, un capítulo que hasta ahora había permanecido en un lugar secundario del relato histórico oficial. La iniciativa es el resultado de más de un año y medio de trabajo de la Secretaría de Derechos Humanos de la CGT y su Mesa de Referentes, en articulación con Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, cuya generosidad y confianza hizo posible el trabajo conjunto.
Julio Piumato, secretario de Derechos Humanos de la CGT, fue directo al señalar que «había un vacío en la historia oficial sobre la lucha contra la dictadura». Ese vacío es el que la muestra viene a llenar: la historia de los sindicatos intervenidos, de los dirigentes secuestrados, de los delegados desaparecidos, de las comisiones internas disueltas a la fuerza y de la resistencia que, pese a todo, no se detuvo.
Estuvieron presentes en el acto inaugural Cristián Jerónimo y Octavio Argüello, dos de los triunviros que conduce la central obrera, junto a Sergio Palazzo, Andrés Rodríguez, Rodolfo Daer y Carla Gaudensi, entre otros dirigentes sindicales. Por los organismos de derechos humanos, asistió Taty Almeida, una de las referentes más reconocidas de Madres de Plaza de Mayo.
Maia Volcovinsky, secretaria adjunta de Derechos Humanos de la CGT e impulsora central del proyecto, subrayó que la muestra «es el resultado del trabajo colectivo de más de 57 gremios que aportaron miles de documentos, fotografías y testimonios para reconstruir una historia profundamente dolorosa, pero también de organización y lucha».
El ingreso al espacio expositivo impacta desde el primer momento. Al comenzar el recorrido, el visitante se topa con una fotografía de gran formato que muestra una movilización de trabajadores en el centro de Buenos Aires, con diferentes banderas desplegadas. La más grande lleva la leyenda «CGT. PAN – PAZ – TRABAJO», el lema que condujo la central bajo la conducción de Saúl Ubaldini, quien tiene su propio espacio destacado en la muestra, con su característica campera de cuero marrón y la imagen de San Cayetano.
La exposición puede recorrerse de forma libre o con visitas guiadas, siguiendo un orden cronológico o por ejes temáticos. Entre los propuestos figuran «De la resistencia a la recuperación democrática», «El proyecto económico de la dictadura» y «El golpe de Estado, control normativo y represión directa». La muestra puede visitarse de lunes a viernes de 10 a 16, y los sábados de 10 a 18, en Avenida del Libertador 8151, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
LOS TRABAJADORES: EL BLANCO PRINCIPAL DEL TERRORISMO DE ESTADO
Para comprender el significado de esta muestra hay que entender primero la magnitud de lo que sufrió la clase trabajadora durante los siete años que duró la dictadura cívico-militar. Los números son elocuentes y sobrepasan cualquier retórica.
Según el informe Nunca Más, el 62 por ciento de las personas desaparecidas eran trabajadores y trabajadoras. Delegados de base, miembros de comisiones internas, activistas gremiales, secretarios generales de seccionales. La represión no fue indiscriminada: tuvo un objetivo preciso y fue ejecutada con método. La principal causa de denuncia de trabajadores ante las fuerzas represivas era justamente su desempeño como activistas gremiales. Así, directivos de grandes empresas no sólo aceptaron la represión a sus obreros, sino que en muchos casos la demandaron y guiaron, a través de listados que señalaban a quienes debían ser secuestrados.
El objetivo del golpe nunca fue únicamente político. Desde sus primeras horas, la Junta Militar de Videla, Massera y Agosti apuntó a desarticular las luchas y la organización de la clase obrera para imponer un modelo económico que redistribuyera el ingreso en contra del sector asalariado. En los primeros años posteriores al golpe cerraron más de 20 mil establecimientos fabriles, el producto bruto del sector industrial cayó cerca de un 20 por ciento entre 1976 y 1983 y la participación de los asalariados en el ingreso nacional pasó de superar el 45 por ciento en 1974 al 22 por ciento en la crisis de 1982. La violencia física y la violencia económica fueron las dos caras de un mismo plan.

La dictadura implementó desde el primer día una serie de normas para encuadrar legalmente la persecución sindical. La ley 21.261, del 24 de marzo de 1976, suspendió el derecho de huelga y toda medida de fuerza que afectara la producción. La ley 21.356, de julio de ese año, prohibió la actividad gremial en su conjunto: asambleas, reuniones, congresos y elecciones, facultando al Ministerio de Trabajo a intervenir sindicatos y reemplazar dirigentes. La ley 21.263 eliminó el fuero sindical.
Las primeras medidas concretas contra el movimiento obrero fueron intervenciones masivas: 27 federaciones y 30 regionales de la CGT fueron intervenidas. Se suspendió la actividad gremial, se prohibió el derecho de huelga y las obras sociales fueron separadas de los sindicatos. En pocas semanas, décadas de conquistas laborales quedaron desmanteladas por decreto. El sindicalismo argentino, que había sido uno de los más poderosos de América Latina, fue reducido a la impotencia institucional.
Pero el terrorismo de Estado no se detuvo en las normas. Seis de cada diez víctimas de la dictadura eran delegados de base, integrantes de comisiones internas o simplemente activistas sindicales. Las Fuerzas Armadas fueron el brazo ejecutor de un plan que buscaba disciplinar al movimiento obrero para reemplazar el modelo de industrialización por sustitución de importaciones por uno basado en la valorización financiera.
ALIMENTACIÓN: UNA HISTORIA DE PERSECUCIÓN Y RESISTENCIA
La industria de la alimentación no estuvo al margen de esa persecución. Por el contrario, el sector sufrió en carne propia la violencia del aparato represivo, tanto en las grandes plantas del conurbano bonaerense como en localidades del interior del país donde el entramado entre empresas y fuerzas de seguridad fue especialmente brutal.
En la localidad correntina de Gobernador Virasoro, tras el golpe del 24 de marzo de 1976, comenzó la persecución directa sobre los referentes del Sindicato de Trabajadores de la Industria de la Alimentación. En abril fueron detenidos y torturados Ramón Aguirre, secretario general de FATRE, Marcelo Acuña y Pablo de la Cruz Franco, secretario general y tesorero del STIA local. Fueron imputados en la justicia militar por malversación de fondos del sindicato.

El objetivo era claro: descabezar la organización gremial, sembrar el miedo en las bases y allanar el camino al disciplinamiento de la fuerza de trabajo. Como denunció el secretario general de la Federación de Trabajadores de la Industria de la Alimentación, Héctor Morcillo, «la represión apuntó directamente al gremio: se llevaron los padrones de afiliados y se descabezó todo el activo gremial. Uno de los objetivos que tenía la dictadura era desarticular las organizaciones populares y particularmente los sindicatos. Con ese golpe, el gremio fue intervenido, detenido su secretario general y tesorero, y se descabezó toda actividad gremial».
En empresas como Molinos Río de la Plata, las causas judiciales de lesa humanidad muestran la persecución sistemática de trabajadores con actividad político-sindical, con la participación activa de la dirección empresarial. Esos expedientes, que avanzan todavía hoy como causas de lesa humanidad, son parte de la deuda de justicia que el movimiento obrero sigue reclamando.
La resistencia, sin embargo, nunca fue rendición. Hacia marzo de 1977, el sindicato de Alimentación formaba parte de la Comisión de los 25, integrada por sindicatos medianos que nucleaban a estatales, camioneros, gastronómicos, Luz y Fuerza, mecánicos y telefónicos, entre otros. Fue esa resistencia silenciosa, construida en las seccionales, en los comedores, en las asambleas clandestinas, la que fue sembrando el camino de regreso a la democracia.
RODOLFO DAER: UN TESTIMONIO QUE PONE NOMBRE Y CUERPO A LA HISTORIA
Entre los dirigentes sindicales de Alimentación que participaron del acto inaugural en la ex ESMA, la presencia de Rodolfo Daer tuvo una dimensión particular. No fue sólo un testigo del acto. Su propio testimonio integra la muestra permanente, porque su historia personal es parte inseparable de la historia que esa exposición busca recuperar.
Rodolfo Daer se incorporó a la militancia en 1965 y a partir de 1970 comenzó su actividad sindical. En junio de 1976, siendo delegado en una empresa del sector de la construcción, fue secuestrado junto a su pareja durante más de 24 horas.
Daer relató en detalle cómo fue detenido y torturado durante tres días en el Departamento Central de Policía. Durante años guardó silencio sobre lo ocurrido, pero al cumplirse tres décadas del golpe decidió que ya no quería guardarse nada. «Nunca más tiene que suceder esto. La peor democracia siempre es mejor que una dictadura», afirmó en aquella oportunidad.

El dirigente relató que en ese momento era delegado y trabajaba en una empresa de montaje que desarrollaba tareas en una planta subsidiaria de la Dow Chemical Company, en Lugano. «El 18 de junio, siendo las 23 horas, llama la madre de mi novia —hoy mi esposa, con quien tengo 3 hijos—, que gente de civil entró a la casa y lo golpeó al papá de mi novia y se la llevaron», narró. Lo que vino después fue el infierno que la dictadura reservaba para quienes se atrevían a representar a sus compañeros.
En la marcha del 24 de marzo de 2026, a 50 años exactos del golpe, Daer fue una de las voces del movimiento obrero de la alimentación en las inmediaciones de Plaza de Mayo. «Es un día histórico. Los trabajadores de la alimentación nos movilizamos para que nunca más vuelva a existir un Golpe de Estado. Fue el golpe más sangriento de la historia de nuestro país, con tortura, desaparición de personas, robo de identidad», señaló en diálogo con la prensa.
Hoy, como tesorero del STIA Buenos Aires, Daer sigue siendo una figura de referencia para el gremio. Que su testimonio forme parte de la muestra inaugurada en la ex ESMA no es sólo un reconocimiento a su trayectoria: es un acto de justicia con todos los trabajadores y trabajadoras de Alimentación que padecieron la represión y cuyas historias permanecen, en muchos casos, aún en la sombra.
«PARA EL MOVIMIENTO OBRERO, INAUGURAR ESTE ESPACIO ES RECONOCER A LOS QUE LUCHARON»
El acto inaugural tuvo palabras que merecen ser registradas porque expresan con claridad el sentido político del momento. El triunviro Cristián Jerónimo sostuvo que «para el movimiento obrero organizado, inaugurar este espacio de memoria es reconocer a los compañeros y compañeras que lucharon por la democracia sin abandonar sus convicciones», y agregó que «el movimiento obrero tiene una gran responsabilidad: recuperar ese legado y seguir trabajando por el bienestar del pueblo argentino». Octavio Argüello valoró especialmente el rol de las Madres de Plaza de Mayo: «son las madres de la democracia, iniciaron una lucha que nos obliga a no bajar las banderas que dejaron quienes dieron su vida».
El vínculo con las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora no es sólo protocolar. Durante los años de la dictadura, fueron las madres y las abuelas quienes, en soledad y bajo amenaza constante, mantuvieron encendida la llama de la búsqueda de verdad y justicia cuando el resto del tejido social era disciplinado por el terror. Que la CGT haya elegido construir esta muestra en articulación con ellas tiene un significado que trasciende lo simbólico. Es una declaración de principios sobre quiénes son los aliados naturales del movimiento obrero cuando los derechos están en juego.
Durante la dictadura, el derecho a huelga y a la actividad gremial estaba vulnerado y la persecución, desaparición y asesinato eran una amenaza constante del régimen militar sobre dirigentes, delegados y trabajadores que llevaran adelante medidas de lucha en defensa de los derechos y del salario. Bajo el lema «Paz, pan y trabajo», la CGT movilizó al pueblo trabajador el 30 de marzo de 1982 y logró abrir camino a la reconstrucción del movimiento obrero unido y organizado. Esa primera huelga general contra la dictadura fue un punto de inflexión que la muestra también recupera.
LA MEMORIA COMO HERRAMIENTA, NO COMO MUSEO
Hay una diferencia fundamental entre recordar y hacer memoria. El recordar puede ser nostálgico, pasivo, individual. La memoria, en cambio, es política, colectiva y activa. Es herramienta, no ornamento. Es eso lo que la muestra de la CGT en la ex ESMA propone: no un homenaje fosilizado sino un instrumento para comprender el presente y orientar la acción.
La consigna que atraviesa toda la exposición lo dice sin ambigüedades: «La memoria no es sólo un homenaje a quienes dieron su vida. Es nuestra herramienta más poderosa.» Y esa afirmación cobra un significado especial en el contexto político actual.
Hoy, a cincuenta años del golpe, la Argentina atraviesa una etapa de profundas transformaciones económicas que tienen al movimiento obrero en el centro de la disputa. La reforma laboral, la desfinanciación de las obras sociales sindicales, los intentos de flexibilizar el sistema de negociación colectiva, el ajuste sobre los salarios reales: todo eso tiene antecedentes. Los tiene en las leyes que dictó la Junta Militar en las semanas siguientes al 24 de marzo de 1976. Los tiene en la política económica que el terrorismo de Estado vino a sostener con las armas.
No se trata de establecer equivalencias históricas que serían abusivas e imprecisas. Se trata de entender que ciertas lógicas se repiten, que ciertos intereses son permanentes, que el disciplinamiento de la clase trabajadora siempre ha sido una herramienta central de los modelos que concentran la riqueza y deterioran las condiciones de vida de las mayorías. Y que frente a esas lógicas, la memoria organizada es una de las defensas más eficaces.
Como lo señaló el gremio de prensa SiPreBA en el marco de los actos del 24 de marzo, «hace 50 años hubo resistencia y lucha. Hoy seguimos peleando en defensa de la libertad de expresión y por una sociedad más justa, como soñaron las y los 30 mil. Hacer memoria sobre ese camino de organización es también nuestra tarea. Porque de allí venimos». Las palabras son del gremio de prensa, pero bien podrían ser de cualquiera de los 57 sindicatos que aportaron su archivo para construir esta muestra.
57 GREMIOS, 4.000 DOCUMENTOS, 78 HORAS DE TESTIMONIO: LA DIMENSIÓN DE UNA APUESTA COLECTIVA
La muestra no podría haber existido sin una decisión política sostenida en el tiempo y sin una articulación gremial de una amplitud inusual. Más de 57 sindicatos abrieron sus archivos, pusieron a disposición sus documentos internos, sus fotografías, sus actas de reuniones clandestinas. Muchos de esos materiales no habían visto la luz pública. Algunos habían sobrevivido de milagro: escondidos en casas de militantes, en dobles fondos de muebles, en cajas sin rotular que generación tras generación alguien se ocupó de preservar sin saber muy bien por qué, con la intuición de que algún día serían necesarios.
El resultado es una colección de 4.000 documentos, 2.000 fotografías y 78 horas de testimonios que conforman uno de los archivos sobre el movimiento obrero en dictadura más importantes de los que dispone el país. No como material de investigación académica exclusiva, sino como patrimonio vivo, accesible, recorrible por cualquier persona que se acerque al Espacio Memoria de la ex ESMA.

Desde el 24 de marzo de 2004, el predio de la ex ESMA es un Espacio Memoria y Derechos Humanos donde se conservan las marcas y los vestigios del paso de las personas detenidas-desaparecidas, y funciona como fuente documental para la reconstrucción histórica de los hechos acontecidos. Que ese mismo espacio albergue ahora la muestra del movimiento obrero representa una superposición de memorias que habla de la complejidad de lo que allí ocurrió: la ESMA no fue sólo el lugar donde asesinaron a miles de personas; fue también el centro desde el cual se coordinó la destrucción del tejido organizativo popular que había construido la Argentina de posguerra.
Por la ESMA pasaron cerca de cinco mil secuestrados y sólo sobrevivieron alrededor de trescientas personas. Formó parte de una red de casi seiscientos centros clandestinos de detención que estuvieron en actividad en todo el país con la misma estructura represiva: secuestro, tortura, asesinato y desaparición de los cuerpos. En ese predio que concentró tanto horror, la clase trabajadora organizada eligió plantar sus archivos y sus testimonios. Hay en ese gesto algo que excede la política: es una forma de justicia que se ejerce con documentos y con memoria.
UN COMPROMISO QUE NO PUEDE SER SOLO CONMEMORACIÓN
El acto de inauguración fue también una declaración de principios sobre el presente. Los discursos de los dirigentes de la CGT no estuvieron exentos de referencias al contexto actual. Y no podría ser de otra manera: la memoria que no interpela el presente es decorativa.
La clase trabajadora argentina enfrenta hoy una coyuntura de alta tensión. Los salarios reales perdieron posiciones frente a la inflación durante más de un año consecutivo. La negociación colectiva está sometida a presiones para que los acuerdos no superen los parámetros del programa económico oficial. Las obras sociales sindicales atraviesan un proceso de desfinanciamiento que pone en riesgo la cobertura de millones de trabajadores y trabajadoras. Y el debate sobre la reforma laboral sigue abierto, con sectores del poder económico que impulsan condiciones que debilitarían las protecciones conquistadas a lo largo de décadas.
Frente a ese cuadro, la muestra inaugurada en la ex ESMA no es sólo un homenaje al pasado. Es un recordatorio de que los derechos no se conceden: se conquistan y se defienden. Y de que cuando las organizaciones sindicales se debilitan, las primeras víctimas son los trabajadores y trabajadoras de a pie.
La muestra invita, en ese sentido, a algo más que el recorrido contemplativo. Invita a la apropiación. A hacer suya cada foto, cada documento, cada hora de testimonio. A entender que esa historia de resistencia no pertenece a los archivos: pertenece a quienes hoy trabajan en las plantas de alimentos, en las fábricas, en los servicios. A quienes cada día negocian sus condiciones de trabajo, defienden su salario y sostienen la organización gremial que la dictadura intentó destruir y no pudo.
Los trabajadores y trabajadoras de la industria de la alimentación que estuvieron presentes en la inauguración del 27 de marzo llevaron consigo esa doble condición: la de herederos de quienes resistieron y la de protagonistas de las luchas del presente. La memoria, bien entendida, no mira hacia atrás para quedarse quieta. Mira hacia atrás para entender desde dónde viene, y hacia adelante para saber por qué vale la pena seguir.
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