Indec: los aumentos de precios no son una sensación

Indec: los aumentos de precios no son una sensación

 

La renuncia de Lavagna al frente del Indec expone una disputa clave: cómo se mide la inflación y a quién beneficia un índice que no refleja el deterioro del salario real.

 

La salida de Marco Lavagna del Indec no fue un hecho administrativo. Detrás de la postergación del nuevo índice de inflación se juega una disputa de fondo: qué precios se miden, qué realidad se oculta y cómo esa decisión impacta en salarios, jubilaciones y poder de compra en un modelo económico que privilegia la especulación financiera.

 

Cuando medir también es gobernar

La renuncia de Marco Lavagna al frente del Indec volvió a poner en el centro una discusión que atraviesa a toda la economía argentina: la medición de la inflación. No se trata de una cuestión técnica aislada, sino de una decisión política con efectos directos sobre millones de hogares.

Lavagna impulsaba la actualización metodológica del Índice de Precios al Consumidor (IPC), basada en encuestas más recientes de consumo. El cambio buscaba reflejar con mayor precisión el peso actual de servicios, alquileres, transporte y tarifas en el gasto cotidiano.

La decisión del Gobierno de postergar esa actualización terminó por sellar su salida. La señal fue clara: mantener el índice vigente es parte de una estrategia económica más amplia.

Una inflación que no coincide con el bolsillo

El IPC actual se construye con ponderaciones que ya no reflejan cómo consumen hoy las familias. Rubros como alimentos y servicios esenciales tienen un impacto mayor en la vida cotidiana que el que aparece en la estadística oficial.

La salida de Marco Lavagna del Indec expuso la manipulación de los datos de inflación.

 

Esa brecha genera un fenómeno conocido: la inflación baja en los informes, pero no en las góndolas. Para trabajadores y trabajadoras, el resultado es concreto: los salarios ajustan por un índice que crece menos que el costo real de vivir.

Cuando la inflación se subestima, también se licúan ingresos. Paritarias, jubilaciones y programas sociales quedan atados a un número que no expresa el deterioro efectivo del poder de compra.

Salarios en retroceso y negociación desigual

La medición de la inflación no es neutral en un contexto de negociación salarial. Un IPC más bajo funciona como techo para aumentos, incluso cuando los precios reales siguen escalando en bienes esenciales.

Esto impacta especialmente en los sectores de menores ingresos, que destinan una mayor proporción de su salario a alimentos, transporte y vivienda. Allí, cada punto de inflación no reconocido se traduce en menos consumo y más endeudamiento.

La consecuencia es una transferencia silenciosa de ingresos desde el trabajo hacia el capital, profundizada por un mercado laboral debilitado y con menor capacidad de presión colectiva.

El modelo Milei: estabilidad para el mercado, ajuste para la sociedad

La disputa por el índice se inscribe en el modelo económico que impulsa el gobierno de Javier Milei. Un esquema que prioriza el equilibrio fiscal, la desregulación y la señalización positiva hacia los mercados financieros.

La medición de la inflación durante la gestión Milei en el foco de la polémica.

La desaceleración inflacionaria es presentada como éxito, pero se apoya en una fuerte contracción del consumo, caída de la actividad productiva y deterioro del empleo. La economía se ordena para el capital financiero, no para la producción.

Mientras se garantiza rentabilidad vía tasas, bonos y valorización financiera, la industria y las economías regionales enfrentan costos crecientes y menor demanda interna.

Producción en pausa, especulación en alza

El sesgo del modelo es claro: se privilegia la estabilidad nominal antes que el desarrollo económico. La apertura importadora, la caída del salario real y el ajuste del gasto público enfrían la generación de empleo genuino.

En este contexto, medir menos inflación ayuda a consolidar un relato de éxito macroeconómico, aunque la estructura productiva se debilite y el mercado interno se achique.

La estadística se convierte así en una herramienta política: ordena expectativas, disciplina salarios y legitima un ajuste que se siente con fuerza en los sectores populares.

La inflación no es un número, es una experiencia social

La salida de Lavagna del INDEC revela que la inflación no es solo un dato técnico. Es una disputa por la interpretación de la realidad económica y por quién paga el costo del ajuste.

Cuando el índice se aleja del bolsillo, la estadística pierde credibilidad y la desigualdad se profundiza. Medir bien no resuelve la inflación, pero medir mal siempre la agrava para quienes viven de su trabajo.

Por eso, los aumentos de precios no son una sensación. Son una experiencia cotidiana que ningún índice desactualizado puede ocultar.

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